10 expresiones extranjeras que no tienen sentido en español

El tren expresivo

El avión del señor Smith acaba de aterrizar en el aeropuerto. Recoge su maleta y se dispone a salir de la terminal. Pero entre el viaje y que es la primera vez que visita España, camina de una manera incierta y lenta. Eso desespera a la persona que tiene detrás que, con evidentes muestras de impaciencia, le adelanta y le dice:

“Vas pisando huevos, finstro”.

El señor Smith, que habla un poco de español gracias al curso de idiomas que realizó el año pasado, mira al suelo sobresaltado, convencido de la literalidad de la frase escuchada. Pero ni hay huevos a su alrededor ni tampoco hay gallinas por la vecindad. ¿Y qué demonios es un finstro?

El idioma español se caracteriza por una estudiada y elaborada gramática que, a la hora de ponerla en práctica, nadie emplea. Los superlativos, por ejemplo. Vamos “a toda pastilla” y “pisando huevos”, no rapidísimo o lentísimo. También somos dados a incorporar frases de personajes célebres o con sus quince minutos de fama warholiana dentro de nuestro repertorio habitual (he venido a hablar de mi libro, ay la Sole que te voy a dar con el mechero, torpedol pecadol de la praderal…), que forman parte de la cultura parlante nacional pero que, obviamente, son difíciles de asimilar por parte de un extranjero. No faltan, por supuesto, frases hechas de imposible traducción, como “los chorros del oro”, “a dos velas” o “a palo seco”. Y si no fuera suficiente, ya nos encargamos de acuñar nuevos términos con los que terminar de desconcertar a los sufridos visitantes que vienen a pasar unos días de vacaciones o a trabajar (currar) en nuestras tierras, de tal guisa como ésta: “tontolaba (en insultos pocos pueblos superan nuestro ingenio: sujetavelas / bocachancla)”, “se te pira la pinza”, “hacer un nextazo”, “mola”, “estar de coña” o “me estás rayando”. En otras palabras, ¡menudo marrón! Aunque a alguno le importe un pito todo esto.

No obstante, en todas partes cuecen habas. A pesar de la brillante originalidad de nuestra lengua, capaz de diferenciar entre un cigarrillo rubio (piti) y uno negro (trujas), el resto de idiomas presenta sus propias peculiaridades idiomáticas también, tal y como demuestra la imagen que acompaña este artículo.

La verdad está ahí fuera

El motivo de esta peculiar, rica y variopinta expresividad tiene diferentes fuentes, como veremos a continuación. Avoir le cafard en francés significa tener la cucaracha y se emplea cuando una persona está triste. Fue el genial poeta Baudelaire quien relacionó al asqueroso insecto con la pena. Por un lado, el elemento literario (vía escritores, cantantes, guionistas o filósofos) acuña términos que pasan a la posteridad. Por el otro, las metáforas aportan mayor impacto semántico que las palabras normales. Sobre todo si tienen colores para vedere rosa, ver todo de color de rosa italiana.

La agricultura y ganadería también transmite sus conocimientos en los idiomas. No en vano, la sociedad industrial lleva apenas un siglo entre nosotros. La migración a las ciudades introdujo a su vez frases populares en los idiomas y no es raro toparse con elementos campestres y alimenticios como el turco üzüm üzüme baka baka kararir (las uvas oscurecen al mirarse entre sí) o el inglés you reap what you sow (cosechas lo que siembres), aunque este último provenga de otra gran fuente de inspiración llamada religión. Sin embargo, el mundo de la naturaleza no estaría completo sin los animales. Da lachen ja Hühner! ¡De eso se ríen las gallinas (alemanas)!

Finalmente, no quisiera despedirme sin contaros antes que también la historia, especialmente la militar, ha plagado el cielo, mar y tierra de los idiomas con expresiones que, actualmente, se ha olvidado su origen. ¿Habéis mandado alguna vez a alguien a la porra, el equivalente español al ruso “vete a la sauna”? Pues que sepáis que proviene de los sargentos de los Tercios de Flandes, que indicaban los movimientos de las tropas con un palo voluminoso, al que los soldados denominaban “porra”, que clavaba en el suelo para ordenar descanso en la marcha. Los prisioneros tenían que ir hasta ella para sentarse a su alrededor.

En conclusión, un idioma tiene unas reglas y la gente aprende a jugar con ellas para mejorar su capacidad expresiva, lograr un entendimiento más preciso, hacer reír o transmitir sabiduría moral a sus hablantes. Los puristas rechazarán siempre neologismos o malos usos de la lengua y los elitistas desvirtuarán su uso por su sonido rural o popular. Pero lo cierto es que, tarde o temprano, todos recurrimos a ellos y nos fascina conocer los de otras lenguas. Así que, como dicen los Baulés en Costa de Marfil, “no es bueno que los dientes riñan con la boca”.

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Sobre el autor : Jose Flores


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