¿Hasta qué edad se puede aprender un idioma?

Durante nuestra vida, hemos estado escuchando una serie de aseveraciones que afirmaban cosas que, con el tiempo, hemos descubierto que no eran ciertas. De hecho, la mayor parte de la historia está repleta de ejemplos parecidos que, aunque ahora nos hagan sonreír, en su época podían costarte la vida. Desde que el planeta era plano, el sol se mueve o el mundo se iba a terminar en el año 1000, 2000 y 2012  (según el calendario Maya), los hechos y la ciencia han refutado tales argumentos. Sin embargo, el poder de la tradición oral y la conformidad a creer sin comprobar, permiten que otras afirmaciones “sólidas” sigan vigentes en la actualidad. Como que, a partir de cierta edad, no es posible aprender un nuevo idioma.

A medida que nos hacemos mayores, nuestros gustos se modifican –pensad en la comida- pero también crecemos en sabiduría. Es curioso comprobar cómo el aprendizaje de nuevas materias resulta más sencillo que cuando éramos más jóvenes. Por un lado, la experiencia nos facilita la comprensión y absorción debido a la mayor capacidad de creación de patrones asociativos del cerebro. Pero también porque mostramos interés por las cosas, algo que ni por asomo sucedía cuando éramos más jóvenes. Y el poder de la motivación favorece la realización de cualquier cosa nueva que nos apetezca hacer.

La mayor dificultad, no obstante, reside en la cantidad de tiempo que podemos poner a disposición del idioma. La práctica debe ser constante y concisa, algo que no siempre es posible realizar si tenemos otras obligaciones que atender. Nuestra rutina es más sólida con el paso del tiempo y, cualquier modificación, implica alterar el equilibrio al que estamos acostumbrados. Pero, en el caso de un idioma, la cantidad de tiempo que requiere para su plena integración en nuestro cerebro excede con creces a otro tipo de actividades, pues siempre habrá palabras que desconocemos o sonidos que nos cuesta más terminar de asimilar.

La razón por la que la edad supone un impedimento a la hora de aprender un idioma reside en el concepto de la estabilidad. El cerebro no es más que otro músculo que, con el paso de los años, pierde la flexibilidad de la juventud. Si nuestro estado físico es, seamos amables, poco digno, pensar en hacer una maratón con cincuenta años resulta una locura. El cuerpo necesita un período de entrenamiento largo –y pérdida de peso- antes de plantearnos enfrentarnos a una media maratón como mucho. De la misma manera, activar el proceso de aprendizaje de un cerebro ya asentado en repetir la misma actividad en lugar de estar fresco a la nueva información cuesta más de lo deseado. Cuesta, pero es factible si atendemos a las circunstancias de su estado.

Esto quiere decir que, al igual que con las carreras, debemos seguir un entrenamiento adaptado a nuestro estado y no forzarnos a imitar el ritmo de gente mejor preparada que nosotros. Si somos conscientes de las limitaciones, obtendremos mejores resultados, ya que nuestros objetivos deseados serán reales y no ilusiones. Poco a poco, desperezamos esa parte adormilada en nuestro interior que, una vez superada la fase de las agujetas, nos permitirá aprender a nuestro ritmo, sin perder la constancia, con la ventaja de que la capacidad de entendimiento interna la tenemos más desarrollada que cuando no nos salía la barba.

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Sobre el autor : Jose Flores


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