¿Por qué pueden hablar bien el francés muchos catalanes?

Curioso que, con las alas de Cupido todavía sobrevolando la semana de san Valentín, el contenido de este artículo trate sobre el romance. Imagino que me tocará poner todo el corazón en su redacción.

No hace mucho, dentro la polémica independentista catalana, los periodistas rescataron un artículo escrito por Oriol Junqueras, líder de ERC, en el que decía que los catalanes tenían mayor proximidad genética con los franceses que con los españoles. Obviamente, a los que nos dedicamos a las lenguas, este tipo de cosas siempre nos despierta el apetito de corroborar filológicamente semejantes afirmaciones, al margen de polémicas de todo tipo. Al fin y al cabo, la genética de un idioma es un espejo de la historia donde se reflejan realidades.

Pero antes de echar la mirada al pasado, lo mejor es comprobar el presente para saber cuál es el estado actual del francés en Cataluña. Según una estadística realizada por la Vanguardia, un 23,9% de la población es capaz de entender el idioma del norte de los Pirineos. No obstante, si analizamos el cuadro interactivo, comprobaremos que las cifras son ligeramente menores a la hora de leerlo (19,2%), hablarlo (16,4%) o escribirlo (12,8%). En el mismo cuadro podemos observar una mayor presencia porcentual del inglés con respecto al francés, lo que demuestra un mayor interés por esta lengua en la actualidad.

Si ponemos la gramática sobre la mesa de estudio, comprobaremos muchas similitudes entre el francés y el catalán. Pero, ojo, que el segundo también tiene coincidencias (un 85%, para ser exactos) con el castellano y que difieren del francés, como el caso de “Me gusta” (M’agrada/J’aime) o “Estoy hablando” (Estic parlant/Je parle). En principio, aprender francés para un catalanoparlante resultará más sencillo que para un castellanoparlante, tanto por su léxico y estructuras sintácticas como por su bilingüismo, lo cual no significa que sepa hablarlo o entenderlo bien sin realizar un curso de francés, porque la pronunciación, sonidos y expresiones, por poner un ejemplo, no son en absoluto parecidos. Es más; el idioma que tiene mayores similitudes léxicas con el catalán no es ni el francés ni el español, sino el italiano (87%).

El siguiente paso es comprobar sobre el terreno todos estos datos. Y, como un servidor cuenta con bastantes amistades catalanas, les he preguntado acerca de este tema. No hay discusión en sus respuestas: si no haces un curso de idiomas para la “formation FLE“, entiendes y te entienden de la misma manera que sucede con el resto de lenguas romance. Cierto es que la entonación es mucho más similar –lo cual facilita las cosas (un 70%, según mis fuentes)-, pero en lo que al vocabulario respecta, se entienden mejor con los italianos, tal y como mostraba la estadística del párrafo anterior.

Entonces, ¿a qué se debe que la gente diga que los catalanes hablan bien el francés? La respuesta la encontraremos dentro de un romance. Pero no se trata de Amor, sino de Roma.

Los idiomas romance, también conocidos como lenguas románicas, nacen de la evolución del latín vulgar que se hablaba en Roma y que se expandió por todo el Imperio. Cada una de ellas representa un dialecto originado por la fusión del latín con los idiomas que se hablaban en la zona. De esta manera, nos encontramos con lenguas romances iberorrománicas,

galorrománicas y occitorromances en las zonas geográficas que engloba nuestro artículo. El catalán proviene de la primera y la última. El francés, de la segunda. Todas ellas coinciden en estructura Sujeto-Verbo-Objeto, flexión verbal con irregularidades, pérdida de casos, presencia de género y número y concordancias gramaticales entre sustantivo y adjetivo, entre otras. Pero se diferencian entre sí en la pronunciación de las vocales y el contacto lingüístico con otros idiomas. La ocupación árabe de España no se produjo en Francia, por ejemplo, y el vasco ejercía su influencia tanto en Castilla como Occitania, aunque no al norte de esta zona. Por razones de simplificación, vamos a omitir el resto de dialectos de la zona y dejar tres idiomas de referencia: lenguas de oïl (norte de Francia), occitano (sur de Francia) y castellano (España).

Esta división la podemos identificar con dos pueblos: los francos y los visigodos. Con el avance de los segundos dentro del territorio hispano, se introduce el occitano en nuestro país. No obstante, su influencia desaparece con la conquista árabe. Y aquí viene la parte importante: los árabes no ocuparon toda la península ibérica, sino que se hicieron fuertes en el sur y centro, dejando el norte bajo su control pero no dominio completo. Esto permitió al occitano traído por los visigodos desarrollarse en Aragón y Cataluña que, a su vez, tenían más contacto con el castellano que con el otro lado de los Pirineos. A medida que los francos reemplazaron a los visigodos en el sur de Francia, los múltiples dialectos del occitano se fueron modificando con el francés, pero no así en España. Después de la Reconquista, los reinos de Castilla y Aragón, junto con el resto, se unieron en lo que ahora conocemos como España. Sin embargo, las diferencias de origen de los diversos romances se mantuvieron.

De esta manera, el sur de Francia y el noroeste de España presentaban más rasgos lingüísticos en común que con Galicia o Andalucía, hecho fácilmente comprobable si nos vamos a pasar un fin de semana a Toulouse, donde francés y occitano conviven mitad hermanados, mitad peleados. Algo parecido sucede con el catalán, pues la región del Rosellón, en la esquina inferior derecha de Francia, y Andorra mantienen el catalán como dialecto regional e idioma nacional en su habla.

Hora de la conclusión. El catalán es uno de los múltiples ejemplos de variedad existentes del occitano que se desarrolló al margen de la lengua de los francos. Siendo todas ellas de origen latino, presentan una gran coincidencia lingüística, pero no como el belga y el francés, que sí se desarrollaron de manera conjunta. Tras la Guerra Civil Española, muchos catalanes se instalaron en Francia, encontrando más facilidades orales en el sur que en el norte del país. Esto generó un aproximamiento hacia la cultura francófona que animó a muchos a aprender el idioma. Pero, sin realizar un curso de francés, les pasa lo mismo que a mí cuando voy a Italia: me hago entender, pero no entiendo nada.

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