Una de las cosas más sorprendentes que tenemos en España es que somos harones a la hora de hablar en inglés. Da igual que sea en el trabajo, en la calle, de vacaciones o por teléfono. La vergüenza y los nervios hacen de nuestro cuerpo su reino y nos transformamos en tartamudos vasallos al abrir la boca. Eso si se separan los labios, claro.

Sin embargo, basta que suene una canción en la radio o en el bar de copas para ponernos a cantarla a pleno pulmón, desafinados y sin sentido alguno del ridículo. ¿Lo más gracioso de todo? Que esa canción está en inglés.

Tal vez sea hora de replantearse el sistema de la enseñanza del idioma. Los métodos tradicionales chocan frontalmente con nuestra capacidad lingüística, permitiéndonos saber leer – en voz baja, claro – cualquier documento mientras nos incapacitan a reproducirlo oralmente.

La música tiene una ventaja: nos gusta. Y solemos interesarnos más por aquello que nos agrada que a lo que nos pone trabas y dificultades. Si aparte de gustarnos encima nos entretiene, es posible que hayamos encontrado al fin el método adecuado para motivarnos a aprender bien algo.

Desde tiempos antiquísimos, los seres humanos hemos desarrollado una serie de características y comportamientos distintos a los del resto de especies que habitan en el planeta. Sir James George Frazer habla de la magia imitativa – cuando nos identificamos con algo – y de la magia contagiosa – cuando un objeto nos transmite sus propiedades – para explicar las peculiares idiosincrasias que definen a los distintos pueblos. Una canción nos permite imitar el idioma del cantante mientras que nos hace creer que nosotros también lo somos.

Dejando de lado la psicometría del segundo tipo, vamos a centrarnos mejor en la primera: la imitación.  Al intentar hablar como un angloparlante, el principal problema con el que nos encontramos es que su habla es muy distinta a la nuestra. Las palabras son más cortas, la entonación cae en sílabas distintas, el sonido de las letras no tiene casi nada que ver con los nuestros y, por encima de todo, mesa no se dice mesa, sino table.

Cuando cantamos, lo que hacemos en realidad es hablar con una melodía. Esa característica es común a todas las canciones que existen. Y a los acentos. De un modo exagerado, podemos imitar la forma de hablar de un gallego, de un andaluz, de un vasco o de un catalán. Sin embargo, nos resulta más complicado pronunciar una frase con acento asturiano, manchego, riojano o vallisoletano. Los primeros tienen un sonido característico que nuestros oídos distinguen con naturalidad. Los otros sabemos que son distintos, pero no sabríamos precisar.

La escala musical es la base de cualquier melodía. Reproducirla oralmente con precisión requiere un adiestramiento de la voz. Pero no es necesario ser un Pavarotti o una Fitzgerald para disfrutar de la atonalidad de nuestras composiciones. Especialmente en la ducha, donde el agua nos engaña haciéndonos pensar que cantamos bien. Preguntad a quien esté fuera del baño si no me creéis.

La música en el aprendizaje de inglés

Otra de las claves de una melodía reside en su dulzura. Una canción en alemán o en griego resuena en nuestros oídos como un concierto de cristales rotos. Pero en inglés, debido a la suavidad de sus sonidos, resulta agradable y lenitivo. No hace falta mucho más que tararear las notas para aprenderse un estribillo. Y ahí está la virtu, como diría Maquiavelo, de aprender inglés escuchando música. Permite aprender a pronunciar correctamente sin dificultad.

En el mundo laboral actual resulta imprescindible hablar inglés correctamente para poder aspirar a un puesto de garantías. Anteriormente solo era necesario para altos cargos que tenían que viajar y reunirse con sus homólogos internacionales. Pero a fecha de hoy, hasta un modesto puesto de auxiliar administrativo exige su conocimiento apropiado. Para aquellas personas cuyo trabajo sea de cara al público, es una obligación.

Aprender inglés a través de canciones permite trabajar los dos aspectos más comprometidos de su enseñanza: la pronunciación y el entendimiento. La mayoría de canciones que escuchamos están plagadas de frases habituales, de expresiones de uso cotidiano y de vocabulario básico al que modificamos su sonido. Además, resulta muy práctico a la hora de practicar determinados aspectos gramaticales. Por ejemplo, las oraciones de relativo, donde el relativo tiende a confundirse con la estructura de pregunta: I’ll tell you what I want, what I really, really want. So tell me what you want, what you really, really want.

Si te sigue costando soltarte a hablar en inglés y por eso lo has dejado de lado, prueba a aprenderte una canción que te guste y no sea difícil. Empieza por el estribillo. Verás qué rápido le pierdes el miedo. Don’t worry. Be happy.