En el mercado empresarial actual, las empresas necesitan el mayor número de clientes posibles y los mejores distribuidores. Las grandes multinacionales, obviamente, tienen ese tamaño gracias a ello. Las pequeñas y medianas necesitan trabajar más para lograr sobrevivir o mantenerse. Por no mencionar a los autónomos.

Sin embargo, todas ellas tienen en común la necesidad de ser cada vez más competitivas dentro del acuario laboral. La capacidad de evolucionar y adaptarse a los nuevos tiempos es un requisito fundamental para seguir nadando y alimentándose ante la creciente competencia.

Pero si hablamos de España, hablamos del mayor handicap posible. Porque en Europa nadie más emplea nuestro idioma. Cierto es que el mismo problema es compartido en el resto de países. Pero lo han solventado comunicándose en el idioma común de los negocios: el inglés. El idioma de Shakespeare se ha convertido en el segundo idioma no oficial en casi todos ellos. Lo han integrado en sus culturas, en su educación y, lo más importante, en sus negocios. Nosotros, por desgracia, estamos a años luz de llegar a esa situación.

De ahí la importancia del idioma inglés en las empresas.

Sin el idioma perdemos competitividad, capacidad de expansión y de integración en el mercado internacional.

Con la desaparición de las fronteras europeas, las empresas se han ido globalizando cada vez más y más. Los nuevos territorios ofrecen libertad de expansión. Traducido: nuevos clientes, nuevos productos, nuevas oportunidades de distribución. Al no existir tasas arancelarias que encarezcan servicios extranjeros, se puede competir de tú a tú con empresas de otros países en otros países. La calidad, la profesionalidad y los precios son las nuevas armas en esta moderna lid.

El inglés en las empresas

Aquí es donde reside el verdadero valor del idioma inglés en las empresas. Es nuestro arma de comunicación masiva. Podremos ser los mejores en nuestro campo, que si no sabemos expresarlo, nadie nos conocerá.

Afortunadamente, ahora disponemos de un importante aliado que nos permita suplir esta carencia con garantías: la formación de inglés en las empresas.

Un ejército de profesores titulados y experimentados en docencia para empresas está a nuestra disposición para actualizar a la plantilla en sus capacidades comunicativas sin importar el sector. Las clases de inglés se imparten en las mismas instalaciones de la empresa, con la consecuente ventaja de que los trabajadores no se tienen que desplazar de sus puestos para recibir tan cruciales y necesarios conocimientos en su desarrollo profesional. De esta sencilla manera, se logra integrar el idioma dentro del entorno de trabajo. Las clases variarán en función de los diferentes niveles que haya, acomodando a los empleados por grupos o por clases particulares según su necesidad.

Muchas personas cometen el error de creer que un idioma es como montar en bicicleta, que una vez que lo haces, lo recuerdas. Es falso. La bicicleta es un acto mecánico físico que no requiere más que reproducir un circulante pedaleo para avanzar.

El inglés, como todos los idiomas, es un ser vivo que, sin la práctica constante del mismo, se olvida irremisiblemente. Se pueden refrescar determinadas estructuras, pero la seguridad de su uso exige mucho más que recordar un borroso vocabulario. Hay que aprender a emplear los verbos, palabras y estructuras que se utilizan dentro del mundo laboral; hay que adaptarse a los cambios tecnológicos que antes no existían y que han desarrollado su propia gramática; hay que aprender las nuevas formas de comunicación que han variado con la globalización del idioma.

 

Además, no se puede olvidar que nuestro idioma se pronuncia de un modo distinto al inglés, por lo que incluso aquellos que tengan un buen nivel del mismo, se beneficiarán de pulir su duro acento hablando con profesores nativos que les ayudarán a mejorar tanto su expresividad como su capacidad auditiva.

 

Dejar el inglés en segundo nivel dejará a la empresa en segundo plano. Nos dejará obsoletos y, poco a poco, relegando a funciones auxiliares en el plano internacional. Que, como ya hemos dicho antes, ya no es internacional sino nacional. Las únicas fronteras que quedan en pie son idiomáticas, no físicas. Si no conseguimos erradicarlas, seguiremos pagando el arancel lingüístico.