Cuando se le pregunta a alguien de fuera qué ciudades conoce de España, hay dos nombres que todo el mundo conoce: Madrid y Barcelona. Ambas son, sin duda alguna, los dos puntos financieros y empresariales más poderosos y potentes de nuestro país. Su arquitectura, museos, arte y negocios han traspasado fronteras y forman parte de la historia del planeta.

Sin embargo, si preguntáramos qué ciudades hablan el mejor inglés de España, aquí la respuesta no es tan sencilla. Es más; la mayoría de las veces no podrían contestar. Porque, reconozcámoslo, hablamos muy mal ese idioma.

Tal vez eso sea el menor de los males para los turistas. Pero para las empresas supone un grave contratiempo de cara a su supervivencia en un mundo tan globalizado como en el que nos encontramos ahora.

La fuerza de las dos ciudades mencionadas con anterioridad es tal que provocan movimientos migratorios del resto del país hacia sus epicentros. Gran parte de esa fuerza laboral nunca ha dispuesto de una adecuada formación en el idioma inglés. A su vez, los propios ciudadanos de las dos mayores urbes nacionales no se han encontrado con la tesitura de ponerlo en práctica o emplearlo de modo habitual en sus vidas por la relegación a un segundo plano de los idiomas foráneos en el país.

Ahora se pagan las consecuencias de esa mala gestión educativa. Cada vez que se recibe la visita de alguien de fuera, saltan las alarmas ante la ausencia de disponer a un empleado dentro de la plantilla que pueda comunicarse profesional y claramente con el invitado. Con suerte habrá alguien capacitado para esa función, pero su colaboración se puede ver afectada por otras tareas propias de su puesto. Más alto suenan aún esas alarmas cuando se tiene que realizar una conference call. Lo que en teoría debería tratarse de una breve conversación internacional, acaba durando el doble o triple de lo estipulado, haciendo perder un valioso tiempo de trabajo y postergando la finalización de varios trabajos por culpa de la falta de entendimiento o de expresión. Y eso si no termina con más dudas que soluciones.

La única manera de paliar ese obstáculo de crecimiento es a través de la formación de los empleados en lenguas extranjeras. Y la mejor manera para ello es la contratación de servicios de clases para empresas.

Idiomas para empresas en Madrid y Barcelona

Madrid y Barcelona tienen a su disposición a equipos de profesores expertos y experimentados en la enseñanza de idiomas dentro del entorno laboral. Sin necesidad de desplazamientos, los empleados se dividirán en varios grupos según su nivel para recibir una formación en el interior de la misma empresa. Por un lado, se implanta el idioma dentro del centro de trabajo, para facilitar una más rápida absorción del mismo. Podrán tratar temas particulares de su trabajo y aprender cómo transmitirlos de la manera conveniente mientras aprenden las instrucciones del uso de los idiomas. Además, poco a poco suavizarán la dura pronunciación que provoca tantos equívocos en las conversaciones. Por otro lado, aporta un elemento motivacional dentro de la empresa, ya que saber un idioma con garantías beneficia tanto al negocio como al trabajador por partes iguales.

Otra posibilidad es la de optar por los cursos one on one, donde el alumno tiene a su disposición a un experto en la enseñanza de idiomas para él solo. Esta opción resulta muy atractiva, por ejemplo, para aquellas personas con buen nivel que quieran practicar y mejorar su habla, aumentando su profesionalidad a lo largo del curso.

Los cursos juegan con el factor del trabajo en equipo. En las clases se produce una sinergia instructiva que ayuda a los empleados a soltarse y ganar confianza con el idioma. El principal motivo de olvido de los conocimientos es su falta de uso, que acaba generando vergüenza a la hora de emplearlo. Dos ciudades como Madrid y Barcelona no se pueden permitir silencios en el foro económico actual.

Los principales acuerdos entre naciones tienen en común el empleo de un mismo idioma que solidifica mucho más ese vínculo. Algunos países ya lo tienen por compartirlo, pero otros tienen que aprenderlo para no quedarse en el vagón de cola del tren comercial. La gigantesca boca de la apertura de los mercados se traga a todos aquellos que sean incapaces de seguir el traqueteo de los negocios. Y esa boca habla en otro idioma.