Hace años era normal encontrarse con gente que entraba a trabajar en una empresa de joven e iba poco a poco subiendo peldaños en el organigrama. Esas personas tenían una nula formación académica, pero aprendieron a hacer las cosas a base de trabajar. Era un sistema muy duro y exigente, puesto que podían pasar muchos años hasta que dominara y entendiera el funcionamiento de la labor que estaba realizando.

Debido a eso, esas generaciones vieron la importancia de tener una carrera que permitiera a los jóvenes entender el mundo laboral en el que se iban a meter de antemano, lo que se exigiría de ellos, qué lenguaje y herramientas se manejaban junto con el sistema de trabajo del gremio.

En la primera época, era frecuente que muchos emigraran a países como Alemania, Suiza, Francia o Inglaterra con el fin de ganar un sueldo más alto que luego traer a sus familias. Esa gente se buscaba la vida de la misma manera que los que vivían aquí. Pero volvían con una diferencia: la visión laboral en países económicamente más desarrollados que España y el conocimiento de un idioma.

Por aquel entonces se podía contar con los dedos de la mano a aquellas personas que fueran capaces de comunicarse en otro lenguaje correctamente. Su valía era tal que saber hablar un idioma era sinónimo de ascenso inmediato por las ventajas expansivas y comerciales que dicho conocimiento aportaba a la empresa.

Este matiz diferenciador provocó un cambio en la educación. Por un lado, se exigía una buena formación profesional a los jóvenes. Por otro, comenzaba a inculcarse la importancia de saber un idioma extranjero de cara a comunicarse. No nos olvidemos de que, como me contaba un amigo financiero, eran los tiempos de piedra y paella. Es decir: nuestra economía se alimentaba de la construcción y del turismo.

Pero los tiempos cambian. Y, con ellos, la forma de hacer las cosas. Anteriormente los países estaban divididos en diferentes monedas de valor variable y estrictas fronteras que desalentaban cualquier tipo de comercio exterior. Bien es cierto que ciertos bienes se beneficiaron enormemente de su carácter endogámico para ascender a la categoría de lujo, pero la apuesta era arriesgada. No pocas empresas quebraron por culpa de la balanza de pagos.

En la actualidad, podemos presumir de disponer de profesionales excelentemente formados. Pero con la desaparición de esas barreras arancelarias y la creciente globalización, el mercado se ha transformado en un ente abstracto enormemente competitivo. Por mucho que nuestros trabajadores estén a la altura del resto de plantillas internacionales, nos cuesta alcanzar reconocimiento en las altas alturas. ¿Se debe acaso este problema a la crisis económica que está azotando al mundo?

Inglés profesional

La respuesta es negativa. Nos hemos quedado en segundo plano por un motivo muy simple: el idioma. Cuando antaño saber comunicarse en un idioma abría todas las puertas del mercado, nos hemos estancado en un nivel básico, muy práctico para salir de viajes, un lastre para los negocios. Necesitamos un cambio de mentalidad como se hiciera antes y exigir a los empleados el conocimiento de un inglés profesional si no queremos aspirar al bronce de la competición en el mejor de los casos.

La formación de inglés profesional para empresas nació con ese objetivo en mente. Reciclar los estudios idiomáticos escolares y universitarios de tal manera que los empleados estén en las mismas condiciones que sus homónimos extranjeros para competir en su misma liga y en su mismo terreno.

¿Por qué el inglés? Muchas veces me he encontrado con la frustración de varios directivos porque la gente que viene de fuera no habla castellano y, sin embargo, disfrutan de la envidiable seguridad de un buen puesto y un alto sueldo. Eso demuestra que falta mucho camino por recorrer hasta entender que el mundo de los negocios actual reclama una óptima formación académica y el dominio del inglés. Puesto que este idioma se ha convertido en el equivalente al Esperanto o al Volapük en el entorno empresarial. Pero con mayores visos de continuidad.

El sistema educativo se está adaptando poco a poco a esta realidad. Sin embargo, los componentes de la plantilla no pueden regresar a la universidad para actualizarse. Algunos de ellos optan por recibir clases – particulares o en un curso – que les exprimen las pocas horas libres que les quedan al día. Las clases de inglés profesional para empresas ofrecen esa adecuación a los tiempos dentro del horario laboral de los empleados sin interrumpir la jornada que emplean para realizar sus tareas. Es un sistema cómodo, -pues las clases se imparten dentro del recinto de la empresa-, eficiente – ya que los alumnos aprenden a manejarse con los asuntos específicos de su puesto a la vez que conocen la forma global de comunicación entre empresas – y profesional. Los profesores son expertos en inglés de negocios y cuentan con una amplia experiencia sobre sus espaldas.

No nos olvidemos que todo requiere un esfuerzo. Pero si una empresa no quiere ver cerrada su capacidad expansiva de modo gradual, deberá tomar medidas inmediatas. El aprendizaje de inglés dentro de la empresa aporta soluciones de un modo sencillo y entretenido para los alumnos, dado que su objetivo no es el de aprobar un examen sino aprender a desenvolverse en su trabajo y futuro profesional.

Para finalizar, hay que recordar que dormirse en los laureles o dedicar más horas al trabajo no son los métodos más adecuados para sobrevivir. Hay que asumir que el sistema mercantil ha cambiado y evolucionado. Ya no es época de chapuzas. El mundo exige hacer y decir las cosas bien.