Uno de los momentos más entrañables del periodo navideño se da en las cenas o comidas de empresa. Además de hacer equipo y fomentar la identificación con la compañía, suponen una liberación del profesional que habita en la oficina. Es un buen momento para conocerse mejor, mostrar el lado humano que se oculta bajo vestidos y corbatas a la vez que barre las jerarquías del puesto, puesto que todos comen la misma comida alrededor de una sola mesa.

Este tipo de festines o banquetes siguen unos protocolos muy característicos. A pesar de evitar tocar el tema del trabajo, es el primer tema en salir por costumbre y ausencia de otros.

Entonces, el jefe suele comentar alguna anécdota divertida sobre el pasado, para animar al resto a dar a conocer sus vivencias previas. Una vez creados ciertos vínculos, se suele preguntar a los nuevos por sus vidas, si tienen hijos y otras cosas diversas. Este tipo de cosas se hace para crear camaradería y descubrir cosas sobre las personas – pues ya no son trabajadores. Al final, se habrá disfrutado de una agradable velada y se conciliará el sueño con la satisfacción de haber conocido a un montón de gente nueva muy agradable.

O, al menos, esa es la idea. Porque las virtudes de la cerveza y el vino que fluyen con gratuidad de la copa al gaznate de modo repetitivo acaban convirtiendo este tipo de reuniones en una fiesta pagana en la que se mantiene la compostura hasta engullir el último trozo de tarta del postre. A partir de ahí, se desata un maelstrom de chistes, un torbellino de alegría que va a arremolinando auténticas barbaridades. Divertido, sí, un rato. Más divertido es recordarlo todos juntos ingiriendo café a espuertas con los ojos aún inyectados en sangre, aliento a taberna barata y sombra de ojos natural.

Pero el acceso a los jefes es mucho más sencillo ese día. Momento oportuno para poner en práctica las nobles artes del peloteo empresarial. Muchos aprovechan para cimentar una posible promoción o solidificar su posición en la empresa. La competitividad muestra su dura cara en este tipo de situaciones. Y hay que tenerla muy dura para aguantar los golpes de los rivales. La pugna se disfraza bajo la fachada de amistosas sonrisas y palmaditas en la espalda, como Bruto con César.

Navidad en inglés

Por esa razón, entre tanta violencia siempre es agradable sorprender de una manera positiva a los jefes. Como, por ejemplo, esperar el instante oportuno en el que lucirse con un breve discurso en inglés. No hay nada como hablar con corrección y profesionalidad el idioma más importante en el mundo de los negocios como para demostrar la valía ante esta gruñidora competencia. Al fin y al cabo, no es necesaria una amplia experiencia en el mundo laboral o peinar canas para llamar la atención con un talento escondido. Y muy demandado.

Porque la realidad es ésta; las empresas españolas están a eones de distancia de sus homónimas europeas. Y no debido a su falta de competencia, sino a la dificultad a la hora de comunicarse. En toda Europa se habla inglés. Pero en España no. Hasta que no alcancemos ese nivel, cualquier persona que sea capaz de desenvolverse con profesionalidad y exactitud puede optar a ocupar cargos más importantes dentro de la entidad. Por eso, sorprender a tu jefe con un breve discurso en inglés ante la pasmada cara de superiores y compañeros es una artimaña de relaciones públicas trascendental para el futuro del empleado dispuesto a dar ese paso.

Los jefes, por muy igualados que estén con los empleados durante la comida o cena navideña, no pierden su posición con tanta facilidad como otros empleados. Pero sí que prestan atención a determinados comportamientos y actitudes que les pueda servir para modificar el organigrama de la empresa. Año nuevo, sangre nueva. Una demostración de valor esencial para los objetivos de la empresa en un momento distendido hace que cambien las miradas hacia la valoración de ese empleado.

Pero no es necesario esperar hasta las Navidades para realizar este tipo de movimientos laborales. Un buen estratega sabe cuál es el momento oportuno para lanzar su ataque. Supongamos que va a venir una delegación desde Londres para visitar las instalaciones de la empresa. Carpe diem, como decían los romanos. Súbete a una tarima y da un discurso en inglés. Nadie se atreverá a decirte nada porque, para los británicos, resultará un alivio

escuchar la suavidad de su idioma masajeando los martillazos fonéticos del sucedáneo de inglés que tanto se berrea en nuestras tierras. Ésa es la voz que desean oír.

Tampoco es necesaria la presencia de público para hacer pública tu valía. Coincide casualmente con el inversor americano al que han invitado a la fiesta de la empresa en el ascensor y asciende rápidamente en el trabajo si le conquista tu conversación. El inglés es el arma más poderosa que tienes para ser alguien en el mundo empresarial. Si crees que no te reconocen lo suficiente dicha aptitud, levántate y dilo. Obviamente, en inglés.