Los trabajadores han logrado mejorar sus condiciones laborales desde que eran conocidos como esclavos en los tiempos antiguos. Con el paso de los siglos, han luchado por obtener unos derechos justos y humanos, logrando transformar por completo la sociedad y la vida de todos los que habitamos este planeta.

En cierta manera, los derechos de los trabajadores han homogeneizado al de sus patrones, reduciendo el libre albedrío en su toma de decisiones. Se puede despedir a un empleado, al igual que antes, solo que ahora recibe una compensación económica y no la muerte tras ser arrojado por la borda en un mar infestado de tiburones.

A pesar de todo, aún dista mucho para llegar a una relación perfecta entre empleados y empleadores. Los contratos basura, salarios mínimos interprofesionales, diferencias de sueldo entre hombres y mujeres más un largo etcétera siguen siendo temas que mantienen en pie de guerra a los sindicatos y programas políticos de los gobiernos.

Curiosamente, nadie habla de los derechos de los empleadores. Para muchos, su único derecho es el de pagar el sueldo religiosamente a final de mes. Sin embargo, esa es una de sus obligaciones contractuales, por lo que podemos decir que poco se sabe al respecto de sus derechos. Y tienen bastantes. Como el ius variandi.

A pesar de la creciente igualdad en las sociedades del siglo XXI, dependemos de la voluntad de una persona y no de un consenso democrático a la hora de dirigir el trabajo. Por esa razón, un empleador tendrá la facultad de dirigir y organizar su negocio como mejor considere oportuno. Esto quiere decir que puede estar abierto a sugerencias o imponer un estilo de trabajo determinado. Porque está en su derecho como empleador de ponerlo en práctica. Una empresa francesa decidió cambiar la jornada laboral por cuatro días no consecutivos, aumentando el número de horas diarias a cambio de aumentar el tiempo libre de sus empleados. Las empresas de publicidad, por el contrario, tienen descuentos en las pizzerías para cuando sus empleados tienen que pasar la noche – literalmente – en la oficina hasta terminar el proyecto del cliente dentro del plazo estipulado.

Obviamente, estas decisiones no responden a caprichos sino a necesidades del negocio o servicio en el que estén integrados. Pero la decisión última será tomada por una sola persona según considere oportuno.

Los derechos del empleador

Por otro lado, los empleados tienen derecho a que les garanticen su seguridad personal. El empleador también tiene derecho a que los empleados no causen problemas de salud dentro de la empresa. Un claro ejemplo de esta medida es la de los controles sanitarios. Un empleado que consuma estupefacientes o aparezca constantemente embriagado, pone en peligro todo el trabajo que se esté realizando dentro de la empresa, dado que los estados enajenados son propensos a cometer un mayor número de errores. Mucho más comprometido resulta si su puesto de trabajo implica tener contacto con el público. Por tanto, tiene derecho a realizar controles sanitarios si lo considera necesario.

De la misma manera que ordena el trabajo, también tiene la potestad de actuar como juez para dirimir problemas que surjan entre los empleados. Dentro de las empresas grandes, hay diferentes jefes de departamento que se encargan de dirigir a sus equipos de trabajo. Pero no es raro encontrarse con conflictos entre departamentos, por lo que se necesita una figura neutra y autoritaria que se encargue de solucionarlos sin estar implicado directamente en la discusión.

No obstante, no se precisa de que surjan problemas para que actúe. El empleador tiene derecho a exigir un código de conducta de buena fe, tomar medidas disciplinarias para que se obedezca y reclamar el respeto hacia su persona por parte de los empleados. Igualmente, tiene derecho a premiar diferencialmente a los trabajadores por el desempeño de su labor. Esto puede provocar cierta desestabilización y celos dentro de la empresa, pero también genera un buen clima competitivo. De todas maneras, también puede otorgar este tipo de recompensas de un modo privado, para evitar suspicacias que rompan el ambiente interno.

Por último, el empleador tiene derecho a percibir el resultado económico de la empresa, dado que, sin él, el proyecto no existiría y los trabajadores no podrían recibir su sueldo a cambio.

Y precisamente este último derecho es el que le confiere la potestad de todos los que hemos visto con anterioridad. Si el trabajador va a percibir su sueldo independientemente de cómo realice sus tareas, el empleador requiere una autoridad legal que le permita obtener mayor intensidad en el trabajo de sus empleados. Las sanciones punitivas no son más que la manera de salvaguardar sus propios intereses, al igual que su derecho a premiar diferencialmente una manera de motivar a sus trabajadores. Su status de líder y jefe único le garantizan la atención inmediata, fundamental para poder dirigir su negocio de manera directa.

No obstante, el empleador tiene que andarse con ojo de no malinterpretar el poder que sus derechos le confiere. Si se comete el error de airearlos constantemente, corre el riesgo de convertirse en un déspota o tirano. El respeto mutuo que conlleva el compromiso tácito entre empleado y empleador permitirá un entorno adecuado y efectivo de trabajo. Al igual que los sistemas de protección contra el fuego, solamente deberá echar mano de ellos en caso de necesidad y no para provocar incendios dentro de la empresa.