La historia de los orígenes de la lengua inglesa empieza con los celtas. O tal vez no. Todavía hay disputas en la actualidad sobre si los habitantes de Gran Bretaña e Irlanda en la Edad de Hierro formaban parte de ese pueblo europeo que se extendía desde las costas del Atlántico hasta la actual Turquía (la Galacia). Lo que sí que se sabe es que más adelante llegaron a sus costas y se establecieron en el país, ya que las conquistas romanas provocaron desplazamientos de su población y, posteriormente, se los encontrarían cuando invadieron la isla. La presencia celta en el idioma actual queda reducida a nombres de ríos (Támesis) y accidentes geográficos mientras que la romana al nombre de varias ciudades (Londres) y el del país por la diosa Britannia. A diferencia de otros lugares del Imperio, los romanos no dejaron mayor legado lingüístico en la isla porque los tiempos cambiaron.

Al final del siglo IV de nuestra era, los pueblos bárbaros comenzaron a atacar las posiciones romanas en la isla. Éstos provenían principalmente de la zona báltica germánica. Anglos (de ahí el nombre de Inglaterra), Jutos y Sajones comenzaron a instalarse en Gran Bretaña, reduciendo la presencia romana a pequeños reinos (de donde surgiría la leyenda del rey Arturo) hasta que los últimos se hicieron con el control absoluto del poder, provocando el desplazamiento de los anteriores habitantes a la Bretaña francesa. El cambio de mando supuso la entrada del idioma germánico en la isla, reemplazando al anterior. No obstante, se trataba de pueblos que hablaban diferentes dialectos frisios, más parecidos al holandés que al alemán.

El idioma anglosajón compartía la flexión nominal de las lenguas germánicas junto con formas duales para las parejas, además del singular y el plural. Al igual que el latín, obligaba a declinar los elementos de la oración en función de su posición y a modificar la terminación según género y número. Con la llegada de los misioneros cristianos en el siglo VI, se comenzó a transcribir este idioma en papel. O, mejor dicho, se intentó. La complejidad de representar ciertos sonidos carentes de letra en el alfabeto romano obligó a los religiosos a crear un código que les permitiera adaptar la forma oral a escrita. Lamentablemente, la comunicación entre monasterios no fue del todo buena, por lo que las normas de escritura no se consensuaron. Este período se conoce en la actualidad como Old English o inglés antiguo.

Historia del idioma inglés

No obstante, este idioma, al igual que la isla, iba a sufrir una serie de cambios cuando los pueblos nórdicos comenzaron a realizar sus primeras incursiones. Los vikingos empezaron a atacar y saquear las costas a partir del siglo VIII para acabar estableciéndose en el país y disputarle el control a los sajones. Los vikingos añadirían su Old Norse a la lengua, pero sería más adelante cuando su integración supusiera el mayor de los cambios registrados. Ambos pueblos convivieron en las granjas y tuvieron descendencia común que, enfrentados por las diferencias entre los dos idiomas, simplificaron la forma de hablarlo. Esta tendencia acabaría por darnos el inglés actual, donde los casos de género han desaparecido al igual que la conjugación personal de los verbos. Pero antes de que se diera ese paso, volverían a aparecer los vikingos. Solo que éstos se llamaban ahora normandos y hablaban francés.

El siglo XI supuso el cambio de dueños en la isla. Con la conquista de Guillermo el Conquistador, el francés se unió al popurrí de lenguas de la época para perfilar un nuevo idioma, al que se conoce como Middle English o inglés medio. Entre los cambios producidos, desaparecieron las letras no romanas de la escritura, se introdujeron fonemas y diptongos franceses, se incorporaron una gran cantidad de palabras nuevas al vocabulario (principalmente sobre temas legales y administrativos, pero también alimenticios –pork, beef, etc.), se redujo la flexión germánica en la gramática y el artículo se hizo fuerte en su uso. Sin embargo, muchos de estos cambios no terminaron de cuajar en el norte de la isla, así que el sonido o el empleo esperado de la lengua se diferenciaron de manera evidente con el tiempo.

Así llegamos al siglo XV, cuando la imprenta y el Great Vowel Shift dieron una nueva vuelta a la tuerca del idioma. La primera, porque prescindió de varios tipos para ahorrar espacio en las impresiones, modificando el dispar pero inteligente código de transcripción anglosajón de los misioneros cristianos. El segundo, al cambiar el sonido de las vocales. Si juntamos a los dos, entenderemos la cantidad de irregularidades que presenta el inglés en la actualidad. Por cierto, a esta época se la conoce como Early Modern English y su impacto en el norte fue menor de lo esperado, separando la pronunciación entre ambos lados cada vez más.

La aparición del inglés moderno

Por tanto, entre la reducción u omisión de flexión, la incorporación de la misma palabra por diferentes idiomas, el caos de la escritura y los diferentes estilos de pronunciación, llegamos al siglo XVIII. La Revolución Industrial y el Imperio Británico necesitan un inglés moderno (Modern English) que estandarice el lenguaje para permitir su desarrollo internacional. Samuel Johnson redacta el primer diccionario del idioma inglés para unificar escritura y significado. Otros eruditos redactan los primeros textos de gramática con los que hacer que el inglés sea un idioma y no una palmera de posibilidades. Entre medias, se incorporan palabras extranjeras y se crean nuevas por los avances tecnológicos. El inglés se adopta como lenguaje en otros países, que logran establecer una lengua franca fuera del reino, pero todavía no dentro del mismo.

Hasta la llegada de la televisión. La BBC adopta la pronunciación de la nueva burguesía y de la realeza para emitir bajo una misma lengua no dialectal a todo el país, unificando (más o menos) el idioma después de muchos siglos de historia.