Dentro de un par de meses, más o menos, viajo al extranjero, a uno de esos países donde el idioma oficial solamente se habla entre sus modestas fronteras. No va a ser una estancia demasiado larga, más breve que corta me atrevería a decir. Sin embargo, este hecho no me ha impedido decidir aprender el misterioso lenguaje por mi cuenta, para poder comunicarme de manera básica con sus ciudadanos en algún momento. Dada mi escasa disponibilidad para poder apuntarme a un curso presencial, dependo de la estrategia del estudiante guerrillero para lograr mi objetivo, repartiendo el tiempo de tal manera que, cada día, con esfuerzo y con horarios inciertos, sea capaz de comprar en una tienda, pedir una cerveza, preguntar por una dirección y, ya puestos, ligar si mi sonrisa me echa una mano.

 

En mi viaje me acompaña un amigo que trabaja en una empresa americana. Pero él no se atreve con el nuevo idioma. Bastante tiene ya con el inglés que tiene que mejorar y que un profesor le enseña dos días a la semana en el trabajo. Su empresa da cursos de formación lingüística a los empleados. Ayer, sin ir más lejos, me contaba que ha venido un nuevo jefe del otro lado del charco, que no habla ni una sola palabra de español. Debido a sus múltiples viajes y compromisos, está siguiendo un curso de teleformación, como yo, pero con una orientación más profesional y longeva. También me ha contado que la mujer de su jefe todavía no ha llegado a España, pero que ha solicitado un profesor de conversación para casa. Por lo visto no está muy interesada en la gramática y algo del idioma aprendió en su tierra.

 

¿Quién de los cuatro creéis que lo está haciendo mejor? Los seguidores de la formación presencial tienen muchos argumentos positivos con los que defender su postura, frente a los que los de la teleformación pueden aducir lo mismo. El debate recuerda a la famosa guerra de Siachen, donde India y Pakistán mantienen el frente de guerra abierto desde 1984, a 6000 metros de altitud –sí, habéis leído bien- e incapacitados por la climatología atroz y los peligros de la montaña a poder atacarse.

La formación presencial

Comencemos por la presencial, por seguir un rigor histórico. Un formador asiste a un aula donde imparte sus conocimientos y experiencia lingüística ante un grupo de alumnos que puede estar formado por una o más personas. Cuenta con la gran ventaja de que permite la interactividad directa, la resolución de problemas inmediata y la adaptación del curso a las necesidades puntuales de sus asistentes. El gran problema que, a mi modo de ver, posee esta modalidad reside en la limitada capacidad de práctica en caso de estar formado el grupo por un elevado número de alumnos o la limitación de su empleo al tiempo de duración de la clase.

La teleformación

La teleformación, por el contrario, individualiza al usuario del curso el total del grupo de formación, lo que le permite disponer de todo el tiempo de práctica, repetición y propio ritmo de trabajo que desee, algo crucial, por ejemplo, en el caso de la pronunciación. Pero tiene el inconveniente de tener que esperar por la resolución de las dudas de manera inmediata –en caso de no contar con un servicio de asistencia al alumno 24 horas- o de verse limitado al contenido de un temario que puede no ser de su agrado.

 

Si ahora enfrentamos los dos puntos de vista, veremos cómo parecen espejo contra espejo, con la parte opuesta siendo la solución del otro. Es decir, que se compensan y se corrigen entre ellos. Una fusión de ambos crearía un curso perfecto… pero no siempre lo mejor es lo que se desea. El jefe de mi amigo y yo optamos por la teleformación por diferentes motivos y semejantes circunstancias. Yo prefiero ir a mi ritmo y él poder seguir el curso allá donde se encuentre por motivos de trabajo disfrutando de la libertad de poder organizarnos el tiempo siguiendo nuestra propia disciplina. Los dos queremos hablar un idioma nuevo, con menor necesidad en mi caso, de ahí que la teleformación se adapte mejor a nuestros objetivos. Mi amigo y la mujer de su jefe, por el contrario, disponen de la oficina y de su casa como lugar fijo de estudio y aprendizaje, que les permite disponer de un tiempo constante donde desarrollar la formación de manera más personal y sin tantas complicaciones por su parte.