26 de junio de 2017

Si algo caracteriza a los países de habla inglesa es su mal tiempo y peor comida. Si a eso le añadimos que, a excepción de Irlanda, el resto emplea una moneda distinta al euro y tiene un estilo de vida más caro que España, aprender idiomas en el extranjero nos puede salir por un ojo de la cara. Mejor contemplar con dos otras posibilidades igual de efectivas.
Todos hemos oído que la mejor manera de aprender un idioma es viajando al extranjero. Lo decían nuestros padres y los padres de éstos a sus hijos. Si nos seguimos remontando en el tiempo, descubriremos que el origen de esa expresión tiene lugar en el contacto entre pueblos, que dejaban a uno de sus vástagos a cargo del otro reino para que aprendiera su cultura, tradiciones, tecnología y, por supuesto, su idioma. Al cabo de unos años, regresaba a su tierra con un nuevo conocimiento y la capacidad de ejercer de interlocutor con el otro reino, estableciendo interesantes alianzas políticas, militares y comerciales en consecuencia.
Con el paso del tiempo, la idea se mantuvo debido a la escasez de medios profesionales que existían en territorio patrio para practicar un idioma extranjero. Pero, con la llegada de la Unión Europea, la situación cambió. La libre circulación de trabajadores permitió que los idiomas también se desplazaran geográficamente, posibilitando el aprendizaje de los mismos sin salir de casa. Eso también supuso que llegaran al resto de países trabajadores de otros lugares europeos donde antes solamente se hablaba inglés. La globalización se había puesto en marcha.
Esta globalización supuso compartir normas en ausencia de idioma en común. El inglés acabó siendo escogido de manera tácita, lo que supuso una necesidad de aprendizaje y práctica por parte del resto de países con otra lengua oficial. El tradicional recurso de irse a aprenderlo al extranjero era entonces, a priori, más asequible y sencillo que cuando existían las fronteras. Pero nadie se percató de un hecho; el inglés también había visto sus posibilidades de negocio dentro de cada uno de estos países. Academias, formación en empresas y profesores particulares surgieron como champiñones en las grandes ciudades y pueblos recónditos de la orografía nacional para facilitar la integración idiomática doméstica. En otras palabras, en lugar de tener que ir a sus países para estudiar, ellos venían al resto para enseñar.
A medida que los cursos se integraban en la sociedad local, empezaron también a adecuarse a las necesidades específicas de la nación, principalmente para temas laborales y el segmento de población que, por edad y responsabilidades adquiridas, no se podían permitir pasar una estancia larga en el extranjero. Los medios estaban ahí, al alcance de la mano, con experiencia y profesorado de calidad. Y, sorprendentemente, no cuajó. ¿Por qué?
Hay varios motivos para ello, en función de la idiosincrasia de cada país. El nuestro, por ejemplo, es famoso por su lenta adaptación a los cambios. La eterna cantinela de que un idioma solamente se puede aprender en el extranjero seguía en boga a pesar de que, cuando uno se iba fuera, acababa rodeado de una comparsa internacional de personas que compartían el mismo desconocimiento del idioma local. Resultaba más sencillo relacionarse con otros españoles, hispanoamericanos, italianos o gente de la cuenca mediterránea que con la fría y cerrada sociedad angloparlante. Por otro lado, el negocio de las academias no se profesionalizó como debiera, prefiriendo optar por enseñar un inglés más genérico y con menos exigencias en su práctica. Finalmente, la escasez de posibilidades de practicar o estar en contacto con el idioma dejaban huérfano de empleo al idioma una vez se salía del aula, con los ejercicios escritos del día siguiente como única tarea a realizar.
Por fortuna, las cosas han cambiado. En la actualidad, si alguien quiere aprender inglés sin viajar al extranjero, dispone de medios mucho más profesionalizados y adaptados a las necesidades del individuo que antaño. Los cursos de formación permiten ahora aprender el inglés de negocios desde el puesto de trabajo; las clases one to one practicar el idioma con un profesor nativo; los profesores particulares recibir clases desde casa; la oferta audiovisual televisiva o por Internet visualizar películas, series y programas en versión original y todos los pubs irlandeses o similares conversar y conocer a gente foránea en un entorno más relajado. Es decir, que podemos amoldar la cantidad de inglés con la que queremos estar en contacto a nuestra manera. Viajar al extranjero nos obliga a modificar nuestros hábitos y encontrarnos con más dificultades de encontrar a profesionales que se dediquen a la enseñanza del idioma. Porque están aquí.
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