No es casualidad que el español medio tenga el mismo apellido que su nivel. Desde que nuestro país descubriera la importancia de los idiomas gracias al negocio del turismo, lo cierto es que la profesionalización de los mismos quedó muy limitada o no se le concedió la debida importancia en su momento. Sí, era necesario. Pero en el momento en el que te podías hacer entender, la presión o interés por mejorar desaparecía.

La posguerra obligó a agudizar el ingenio a gran parte de la población mientras Europa se desangraba en una horrenda guerra. Nuestra condición de país neutral, aunque con simpatías hacia el eje de los derrotados, nos mantuvo aislados del panorama internacional hasta el rescate americano con los famosos Pactos de Madrid de 1953. El fantasma del comunismo era el nuevo enemigo y el bloque occidental necesitaba del mayor número de aliados estratégicos para combatir a ese enemigo silencioso. El presidente Dwight Eisenhower proporcionó material de guerra y créditos bancarios al régimen de Franco a cambio de la cesión de bases militares, como las de Torrejón o Rota.

La consecuencia de esta apertura supuso un cambio de mentalidad para la generación nacida tras la Guerra Civil, que veía de pronto la luz tras la oscuridad de la primera mitad del siglo XX. La emigración del campo a la ciudad se haría más que evidente en lugares como Madrid, Barcelona o Bilbao, donde el crecimiento de la población transformaría el sistema económico nacional al abandonar la agricultura por el sector servicios. Pero sería en la costa donde este cambio cobraría más fuerza, dado que las condiciones climatológicas junto con la kilométrica franja litoral atraerían a turistas del norte de Europa a nuestro país, fomentando el boom turístico que, a fecha de hoy, sigue siendo uno de los pilares de nuestra economía.

Pese a este resurgimiento, aprender inglés no estaba al alcance de todos. Hay que tener en cuenta que la educación quedó relegada a un segundo plano ante la oportunidad de obtener un trabajo con el que ganar dinero y mantener a las familias. La penuria de la posguerra, unida al abandono del campo por la ciudad, generó una fuerza profesional con más ímpetu y ganas que preparación académica. Conscientes de sus debilidades, pero mejores de cartera, esta generación prepararía el camino a seguir por parte de la siguiente, fomentando la obtención de una titulación y plantando la primera semilla sobre la importancia de saber idiomas.

El plano académico estaba bien cubierto con las universidades. No obstante, los idiomas era harina de otro costal. El hecho de saber hablar un poco –y de manera general- inglés, francés o alemán suponía un atractivo para aquellos que ya se habían establecido y consolidado en esta nueva España. Sin embargo, la realidad mostraba que los estudios con idiomas abrían el camino para puestos de bajo y medio rango nada más; no hace mucho un político presumía de su desconocimiento del inglés y que no era necesario para su puesto, ya que para eso tenía a una secretaria. Una mirada al panorama político y zona noble empresarial actual confirma esta realidad.

Con la transición en marcha, se inició un proceso de modernización que afectaría a la imagen de las grandes ciudades. España funcionaba –y lo sigue haciendo, en cierta manera- a base de playa y ladrillo, dos sectores donde los idiomas solamente son necesarios para la primera de ellas. Con la excepción de algún puesto medio, el resto se caracteriza por chapurrear un idioma con el que hacerse entender y comprender grosso modo a los interlocutores. Pero, a su vez, los cambios en la ciudad, junto con la entrada en la Comunidad Europea, sirvieron para potenciar un sector empresarial en clara inferioridad competitiva con el resto de de empresas continentales. Aquí el inglés era bastante más necesario, aparte de requerir un conocimiento y manejo del mismo de mayor calidad que en la costa. Probablemente la inexperiencia de los directivos respecto a los idiomas rebajó el listón, una vez más, de lo que se consideraba como un buen nivel de inglés.

En la actualidad, las dos generaciones (transición y pos-transición) se han profesionalizado y consolidado en este nuevo tipo de sectores empresariales, coincidiendo con la desaparición de fronteras entre los países de la Unión Europea y los acuerdos de colaboración internacionales. Grandes empresas de las principales potencias mundiales han abierto sus instalaciones en nuestro país. A pesar de que, académicamente hablando, tengamos una preparación mucho más competitiva y especializada que en otras épocas, el idioma sigue siendo esa piedra en el camino que nos hace tropezar y perder comba con respecto al resto de países. La ausencia de elementos controladores de nivel en las entrevistas o la tradicional desgana por mejorar en lugar de hablar nos ha hecho contar con una fuerza trabajadora con mejor nivel de inglés que las anteriores, pero por debajo del resto de Europa.

El idioma está más integrado en las empresas y los colegios ya son bilingües. Pero el impacto del idioma en la vida normal, comparado con otros países como Holanda, Dinamarca o Portugal, por poner tres ejemplos de muchos, mantiene la condición de asignatura al inglés y no de idioma en nuestras cabezas. Los españoles hablan inglés en español, pronuncian y entonan con bastantes errores o dificultades –Voice Recognition no es Boys Recognition- y sufren horrores dantescos a la hora de entender una conversación por teléfono o ver un programa de televisión en versión original sin subtitular.