El puesto de profesor de idiomas ha sido siempre una posición controvertida. El aprendizaje de un nuevo lenguaje no parecía ir más allá de ser una asignatura escolar o una manera de sacarse buenas propinas en la playa. España tardó en reaccionar a la hora de integrarse en la Comunidad Europea y eso causó que nuestro país quedara descolgado del resto del continente en cuanto a capacidad comunicativa empresarial. Con excepción de algún empresario circunstancial, la mayoría prefería contratar a una secretaria que ejerciera de intérprete. De hecho, si echamos un vistazo a los líderes políticos de los últimos cuarenta años, comprobaremos la escasa preparación que todos estos han demostrado a nivel internacional.

No obstante, sí que existía una fuerte demanda orientada hacia las nuevas generaciones, que contrastaba con una oferta igual de escasa como de costosa. Los centros de estudio podían albergar a un número concreto de alumnos y, en la mayoría de los casos, suponían un fuerte esfuerzo económico para las familias. Esto provocó la llegada de personas con escasa experiencia o preparación docente a nuestro país, a los que el mero hecho de saber hablar su idioma nativo les permitía encontrar trabajo o montar un negocio.

Con los años, este tránsito de trabajadores poco cualificados sufrió una transformación doble. Por un lado, varios de ellos decidieron profesionalizarse. Otros, sin embargo, se lo tomaron como una forma de recabar experiencia en un país extranjero ganando un dinero fácil antes de regresar a sus países y hacer otro tipo de vida allí. El boom económico español de los años 80 permitió que todo aquel que viniera de fuera contara con un puesto de trabajo garantizado y bien remunerado, con independencia de su capacidad para dedicarse a la enseñanza.

A pesar de que, en la actualidad, sigan existiendo todavía algunos de estos profesores, la educación en idiomas se ha profesionalizado gradualmente a partir del nuevo siglo. Los resultados obtenidos por la mayor parte de los que lo aprendieron en las dos décadas anteriores no han hecho mucho por mejorar el nivel medio español. Pero no culpemos a la escasa preparación de nuestros males, puesto que España tampoco hizo ningún esfuerzo por potenciar o mejorar la calidad de la enseñanza.

Los nuevos Profesores In Company

En la actualidad, las empresas ofrecen cursos de formación in company a sus empleados para que adquieran los conocimientos necesarios de sus puestos de trabajo dentro de un mercado globalizado. Ya no es un requisito deseable para conseguir trabajo, sino una necesidad acuciante por parte de las empresas, que se han visto obligadas a incorporar a gente de fuera ante el pobre resultado del trabajador nacional en determinados puestos de coordinación o comunicación.

Las academias que facilitan este tipo de cursos in company conocen los riesgos que conlleva no contar con profesionales preparados para encargarse de impartir las clases y han modificado sus criterios de contratación para que el servicio ofrecido responda con garantías y satisfacción a las empresas. De esta manera, ya no solamente basta con ser nativo (o bilingüe), sino disponer de un título acreditativo de su conocimiento académico del idioma (requisito no fundamental, pero sí deseado), un título oficial en magisterio o educación equivalente y, principalmente, experiencia demostrable en la docencia del idioma (a la que puede acompañar alguna carta de recomendación de sus clientes anteriores). Porque no basta con saber el idioma, sino que se necesita saber enseñarlo y poder resolver las dudas que surjan a los alumnos. Máxime si se trata de clases de inglés de negocios, donde la forma de hablar y el vocabulario necesario distan mucho de parecerse al de una conversación sobre música en un bar.