El inglés no es más que un idioma. Se puede aprender; basta con hacerse con un libro de gramática para descubrir cómo funciona su estructura y aprender a construir frases con sentido con un poco de esfuerzo pero sin dificultad. El problema manifiesto con el que nos encontraremos no tardará en aparecer, pues la gramática no es más que una estructura y necesitaremos enriquecer nuestro vocabulario para poder expresarnos con claridad, precisión y eficacia. Nada más sencillo que ampliar el disco duro de vocablos y terminología con libros de vocabulario, lecturas específicas y un diccionario siempre presto a compartir con nosotros la sonrisa de su colaboración desinteresada.

Tarea sencilla, podríamos decir. Pan comido, me atrevería a añadir. Pero, como dijimos antes, es un idioma. Y, como tal, tiene sus peculiaridades. Más concreto sería decir que su pronunciación difiere de la nuestra debido a unas llamativas, endemoniadas y la mayoría de las veces incomprensibles normas ortográficas. Pues no contentos con no pronunciar como se escribe –según nuestro punto de vista, claro está-, emplean una fonética bárbara a años luz de lo que nuestra educada vocalización demótica es capaz de articular.

No pasa nada; en peores plazas hemos toreado. La ventaja de ser humanos es que somos seres de costumbres mecánicas y, poco a poco –o despacito, palabra de moda por la pegadiza canción- mejoraremos la técnica de nuestra pronunciación mientras adecuamos la entonación de las palabras que, por supuesto, no coincide con la nuestra. Un reto perdería la dignidad de su nombre si fuera sencillo, ¿no creéis?

Por tanto, tras un período de estudio de duración variable según las capacidades de cada uno, nos encontraremos en  la nirvánica situación de poder decir y asegurar que tenemos un buen nivel de inglés. ¡Qué suene el “pop” del corcho del espumoso que más nos guste para celebrar tan dichoso momento!

Sin embargo, cualquier nativo que nos escuche presumir de nuestro inglés recién aprendido nos felicitará por nuestro logro, pero también nos indicará que se nota demasiado el acento español, devolviendo el corcho a la boca de la botella donde las burbujas se han evaporado como nuestros sueños.

Disimulando nuestro acento español

¿Qué se puede hacer para disimular nuestro acento español? Difícil pregunta, a priori, pero, una vez más, un reto no deja de motivarnos con el tiempo. Porque podemos transformar una debilidad en un hito con un sencillo juego: ser otra persona. Todos tenemos una voz determinada. Pero su sonido lo determina el idioma que hablamos. Si intentamos emplearla donde no procede, huelga decir cuál será su resultado. Por tanto, necesitaremos realizar alguna modificación si queremos que suene bien. Por ejemplo, subir un poco el tono de los hertzios. O bajarlos, dependiendo de la voz de cada uno.

Lo primero que vamos a notar es que somos una persona distinta, que suena ridícula y que nos pondría en una estresante situación delante de un espejo. Así que la reacción instintiva natural es la regresar al tono al que estamos acostumbrados. Error. En lugar de dejarnos llevar por la vergüenza, tenemos que imaginarnos que somos otra persona distinta para que la coincidencia de cara no genere confusión ni rechazo. Pensemos que estamos actuando en una obra de teatro y nuestro personaje requiere una modulación distinta por motivos de guión. El ejemplo de Melissa Rauch –Bernadette en The Big Bang Theory- o Peter Sellers en cualquiera de las películas donde interpreta a todo el reparto por su cuenta son dos ejemplos que nos pueden ayudar a enfrentarnos a nuestro reto.

Ahora que somos otra persona en nuestra cabeza, es hora de aplicar esas reglas fonéticas que ya hemos aprendido con otra perspectiva distinta; tenemos una boca y una garganta vírgenes a las leyes de nuestro idioma que obedecerán la pronunciación y entonación que deseemos que tengan. No penséis que es una fantasmada porque no se me ocurría otra cosa que decir; realmente funciona. Eso sí, os va a costar mantener la compostura o una cara seria durante el proceso, porque la nueva voz os va a doblar el pecho a base de carcajadas. Buena señal, ya que cuando imitamos a alguien, tendemos a hacerlo realmente bien.

Este sistema exige, debo advertir, un cierto esfuerzo extra, pues suplantar una personalidad demanda mucha concentración hasta que salga de manera natural. También era exigente la gramática o el vocabulario y, mira, se ha logrado. Cambiad la cara del espejo en vuestra cabeza y disfrutad de vuestro nuevo amigo con su idioma raro.