¿A quién no le ha pasado alguna vez conocer a alguien y llevarse una imagen equivocada de esa persona? Una vez pasado el tiempo, se comenta y siempre sale misma pregunta: ¿por qué pensaste eso de mí?

Otras veces, sin embargo, es el momento el que influye en nuestra percepción sobre esa persona. Supongamos que te presentan a un amigo por primera vez y resulta que éste ha tenido un accidente y se ve obligado a desplazarse con la ayuda de muletas. Cuando volvamos a verlo andar con normalidad, nos llamará la atención y seguiremos tratándolo como si tuviera todavía ese problema hasta que nos acostumbremos a su cambio.

Todo esto viene a mostrar la importancia que tiene el primer contacto entre los seres humanos. Nuestro cerebro va a asociar a esa persona con aquellas características y cualidades que se generen en ese instante. Después, será el tiempo quien nos dé la razón o nos obligue a cambiarla. Pero, en ciertas ocasiones, no contamos con el beneplácito del tiempo para mostrar a nuestro verdadero yo. Como, por ejemplo, en una entrevista de trabajo.

Nuestro currículum ya habrá dejado una idea sobre nuestra capacidad profesional al entrevistador, pero eso también ha generado unas expectativas visuales sobre nosotros. Pensemos que tenemos una cita romántica con alguien. Nos gustaría que esa persona viniera con una vestimenta elegante y atractiva, no como si hubiera bajado a comprar el pan, ¿verdad? Lo mismo sucede en las entrevistas; quieren ver a una persona como si viniera a trabajar, puesto que así se adecúa más al perfil que buscan y les facilita la identificación de la persona con su puesto de trabajo. Pensemos en un puesto de directivo que se presentara en chándal porque así da una imagen de deportista. El entrevistador juzgará que esa persona es capaz de hacer lo mismo con un cliente o en una reunión y lo descartará inmediatamente.

Sin embargo, vestirse adecuadamente no significa que seamos la persona que esperan. Al igual que en el teatro, los actores y actrices emplean el vestuario para hacernos creer que son los personajes que interpretan, pero sabemos que es un engaño visual. Lo que hace que los protagonistas de una obra sean creíbles es su interpretación. Las grandes estrellas hacen que confundamos a la persona con el rol que interpretan, lo que demuestra una dedicación profesional al gesto.

Con esto no queremos decir que antes de una entrevista debamos realizar un curso de interpretación, sino la importancia que se presta al lenguaje corporal por parte de los entrevistadores. Porque nuestro cuerpo se comporta de una manera independiente a lo que creemos. Podemos ser simpáticos, pero, si no lo mostramos con una sonrisa, la persona que nos vea nos catalogará como serios en el acto.  O podremos estar mintiendo sin saber que nuestro cuerpo se estará chivando en silencio.

El problema de dar consejos sobre cómo utilizar el lenguaje corporal en una entrevista es que se tiende a confundir con aspectos superfluos debido a leyendas urbanas que han florecido por doquier. Como lo de “si miras hacia el lado derecho es que te lo estás inventando” o “no te toques el pelo, que puede pensar que estás ligando”. El verdadero lenguaje corporal no es más que un protocolo de sentido común respecto al comportamiento de una persona. Si conoces los códigos, sabrán que los vas a utilizar también en el trabajo, como se espera de tu puesto.

Por ejemplo, cuando entres en la entrevista, saluda a las personas que allí se encuentren y sonríe. Es un gesto instintivo que demuestra amabilidad y buena disposición al diálogo. Un gesto hosco o serio es agresivo como primera impresión. Después, cuando hables o te estén hablando, mira a los ojos de las personas. Más que nada porque denota interés. Pero no significa que claves la mirada en la otra persona. Eso es señal de agresividad. Por esa razón, antes de una pelea los contrincantes no apartan la mirada para intimidar y dominar al rival. Es el mismo motivo por el que no se debe mirar directamente a los ojos a un león o un tigre, por cierto.

Tu postura también dice mucho. Sentarte correctamente, como si fueras a comer por primera vez a casa de los padres de tu pareja; es una señal de educación y respeto hacia la otra persona. Ten en cuenta que es posible que tu futuro jefe esté presente en la sala y te esté tratando como a un empleado. Si le quitas el rango, no le va a hacer mucha gracia.

Es normal que estés nervioso. Pero tienes que intentar controlarlo. Hay gente a la que se le da mejor que a otros el hablar con naturalidad delante de extraños. Usa tu respiración para encontrar un equilibrio si te sientes muy alterado. Porque, en caso contrario, empezarás a arreglarte el pelo, rascarte los brazos, jugar con un bolígrafo o cualquier tic nervioso con el que tu cuerpo responde en este tipo de situaciones. Un exceso de movimiento distrae al entrevistador y empezará a fijarse en tus gestos. ¿Te has preguntado alguna vez por qué las luces son intermitentes para girar? Premio: atraen inmediatamente la atención del conductor que vaya detrás.

Por lo demás, muestra dinamismo y simpatía con tu cuerpo. Usa las manos para enfatizar las cosas que quieras destacar, pero que también descansen. No eres un director de orquesta, recuerda. Y sonríe de manera natural. Si finges o exageras la sonrisa, se nota mucho. Piensa qué tipo de compañero quisieras tener durante ocho horas al día toda la semana y lo llevadero que se hace el trabajo si tienes una cara amable a tu lado. Los clientes quieren también lo mismo.

En definitiva, tanto tu apariencia física como tu lenguaje corporal deben adecuarse a la idea que los entrevistadores quieran ver en ti, no en lo que tú quieras mostrar. Practica delante de un espejo o grábate con el ordenador para juzgarte a ti mismo. Tú no te ves cuando hablas, así que es una manera interesante de trabajar con tu cuerpo el tipo de imagen que das al resto de la gente.