29 de febrero de 2016

El mundo del trabajo, además de crear oportunidades, ha generado también una serie de enfermedades o trastornos laborales en sus trabajadores. El stress es el más famoso de ellos, sin duda alguna. Pero hay otro mucho más peligroso: el síndrome de Burnout.
En 1960, el célebre escritor inglés Graham Greene escribió una novela llamada “A Burnt-Out Case”, que narraba la vida de un arquitecto famoso que pierde todo si interés por el arte y el placer de la vida y se muda al Congo para trabajar en una leprosería. Este término de “burnt-out” – quemado, en inglés – fue adaptado como metáfora por H.B. Bradley para describir el fenómeno psicosocial en oficiales de policía de libertad condicional y, posteriormente, estudiado por el psicólogo estadounidense Herbert Freudenberger para analizar el estado físico y psicológico que sufría el personal sanitario.
Este síndrome afecta particularmente a aquellos trabajadores que mantienen una interacción humana en su tarea y acaban deshumanizándose por culpa de la rutina, aunque sus síntomas pueden verse en cualquier otro tipo de actividad en los que haya presente una fuerte carga de trabajo constante y que no tenga final. Esta neurastenia – trastorno neurótico caracterizado por un cansancio inexplicable tras realizar un esfuerzo mental o físico – puede complicarse hasta el punto de causar la muerte, de modo directo o indirecto. Por ejemplo, en Japón, este trastorno es conocido como Karoshi, literalmente, “muerte por exceso de trabajo” y en Estados Unidos se conoce como Going Postal, debido a unos incidentes acaecidos en varias ocasiones a lo largo del tiempo en los que ciertos carteros enloquecieron y causaron varios asesinatos por todo el país.
Obviamente, el asunto que tratamos en este artículo no llega a estos extremos, más parecidos al personaje de Jack Nicholson en El Resplandor. Lo que pretende es identificar las causas con las que identificar a un trabajador que esté quemado en el trabajo, que son somáticas y psicológicas.
Las primeras se refieren al mejor radar localizador de problemas: nuestro propio cuerpo. Si sentimos molestias como insomnio, dolor de cabeza, mareos, dolores musculares, trastornos digestivos, infecciones, manchas o trastornos respiratorios, no hace falta tener un doctorado en medicina para reconocer la existencia de una dolencia interna provocada por algún aspecto laboral. Esto no quiere decir que éstos sean los síntomas característicos de estar quemado en el trabajo, puesto que pueden deberse a otros factores ajenos – una resaca, exceso de ejercicio en el gimnasio o fumar – que hagan sentirse mal al empleado.
Para entenderlas como síntomas neurasténicos, deben de ir acompañadas de una serie de condiciones psicológicas fácilmente identificables. Por un lado, el empleado parece sufrir un agotamiento que le hace sentir que no está capacitado para ofrecer más de lo hace. Esta situación provoca un bajón emocional llamativo en su carácter, mostrándose taciturno y monomaniático con sus compañeros. El sentirse distante suele provocar suspicacia o escepticismo a la persona que se encuentra en esa situación, por lo que no será raro observar una actitud más “borde” hacia sus compañeros o el trabajo. Por otro lado, el agotamiento hace pensar a la persona que no está a la altura esperada, por lo que tendrá una sensación de ineficacia laboral que le hace sentirse triste o irritable, dependiendo del carácter de la persona. Al igual que la crisis de la mediana edad, el afectado descubre que ya no puede hacer las cosas que hacía antes con la misma facilidad, provocándole una depresión temporal. La diferencia es que, en el caso de estar quemado, no es más que una condición que le ha hecho creer su cerebro.
Este agotamiento puede deberse a varios motivos. Como mencionábamos antes, aquellos trabajos circulares en los que el trabajo nunca se termina – hospitales, servicios de correos – hacen que los trabajadores se sientan como Tántalo o Sísifo, sufriendo un tormento eterno de parecer lograr su objetivo y volver a empezar desde cero. En otro tipo de trabajos, sin embargo, los problemas pueden venir de un excesivo número de horas laborales, de una alta carga de trabajo, de una remuneración insatisfactoria o de un clima de trabajo muy negativo, bien sea porque los jefes no sepan llevar el mando adecuadamente o porque el clima entre los compañeros no sea el idóneo.
Las consecuencias se harán patentes cuando se observe una disminución en el rendimiento del empleado, lo que alcanza tintes peligrosos si se extiende al resto de la empresa. El desarrollo del negocio se podría ver afectado sobremanera si no se toman medidas para controlar este mal que el ritmo de vida moderno ha generado.
Cogerse unas vacaciones a tiempo puede ayudar al principio, pero no deja de ser el equivalente al deportivo en los aquejados por la crisis de la mediana edad; un pequeño placebo que perderá su intensidad con el tiempo. La mejor manera de paliar el síndrome de desgaste profesional – estar quemado – es atacar a la raíz de su origen: la rutina. Muchas empresas apuestan por permitir libertad de vestuario los viernes para que parezca que están haciendo algo distinto. Otras celebran algún tipo de evento ocasional con sus empleados – ir a tomar cañas, desayuno en grupo, cesta y cena de Navidad – para oxigenar la cabeza. Y otras ofrecen la posibilidad de apuntarse a cursos de idiomas, formación profesional o simplemente matrícula gratuita para el gimnasio. De esta manera, se reduce considerablemente la sensación de ineficacia, puesto que aprender algo nuevo o sentirse físicamente a gusto mejoran la actitud mental y profesional de todos aquellos que la reciben.
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