A nadie se le ocurriría pensar que un buceador no supiera nadar. O que un piloto de Fórmula 1 no tuviera carné de conducir. Sin embargo, no nos llama la atención que un trabajador de empresa no sepa hablar inglés, cuando este idioma es la lengua franca de los negocios.

Desde tiempos medievales, los diferentes pueblos mezclaban palabras griegas, italianas, francesas, portuguesas, occitanas, españolas, turcas y árabes para hacerse entender tanto en el comercio como en la diplomacia. A causa de ello, todos los idiomas actuales poseen un vocabulario que incluye términos de origen extranjero, que se han integrado o adaptado a la fonética nacional y que se emplean diariamente sin esfuerzo. Pero no fue hasta mediados del siglo XX cuando un idioma se convirtió en el estándar comunicativo entre varios países: el inglés. Su poder y previo uso en las antiguas colonias del Imperio Británico extendieron su influencia al resto de países. Algunos, por cuestiones históricas, lo asimilaron con prontitud. Otros, sin embargo, se vieron obligados a adaptarlo con mayor o menor rapidez para no quedarse descolgados en el crecimiento económico. Nuestro país, por desgracia, se encuentra incluido en ese segundo grupo, en la subcategoría de menor rapidez. Y ahora pagamos su precio.

La Unión Europea y la globalización mundial han transformado el modo tradicional de hacer negocios en España. Simplemente basta con echar un vistazo a los edificios de oficinas en cualquier ciudad para contemplar la amplia presencia foránea en sus plantillas. Y todos están encargados de puestos de responsabilidad. ¿Por qué? ¿Tienen mejor formación? ¿O sirven de enlace internacional? Ese remiendo ha permitido la integración con el resto del mundo. Pero sería mucho más práctico que nuestros empleados no dependieran de una sola persona para poder desempeñar su trabajo.

Con este objetivo nació la formación de empresas en el inglés de negocios; paliar una debilidad patente y latente en la sociedad laboral. Un empresario no puede dejar el funcionamiento de su negocio en manos de sus empleados; debe ser él quien tome el mando, dirija el plan de operaciones, indique las funciones, provea de los medios y motive adecuadamente para obtener buenos resultados. Por esa razón, depender que cada uno de ellos mejore en el manejo de un idioma por su cuenta lo aboca a la obtención de pobres resultados generales. El trabajo es duro y la gente necesita descansar. Obligarlos a dedicar más tiempo estudiando un idioma al término de su jornada laboral acaba reduciendo su efectividad y corre el riesgo de agotarlos innecesariamente. Y digo que es un método baldío porque puede obtener mejores resultados sin salir de casa.

Idiomas en la empresa

Las academias que imparten este tipo de formación envían profesores a las propias instalaciones de las empresas para ejercer su labor docente en el lugar donde más se necesita el inglés: el puesto de trabajo. Evitando desplazamientos, dentro del horario laboral, los empleados pueden practicar, aprender y acostumbrarse a utilizar el global idioma de una manera sencilla y útil tanto para todos. Además, la enseñanza será dada por profesionales nativos con experiencia en el terreno empresarial, por lo que sus alumnos aprenderán la manera común de comunicarse en el inglés de los negocios, las estructuras empleadas en el resto de países, las palabras específicas con la que se denominan determinadas actividades a la par que ganan soltura y confianza con la que expresarse.

La formación en empresas ofrece in-formación de primera mano de cómo se debe utilizar este idioma con corrección en el trabajo y traduce la profesionalidad de la empresa al resto del planeta. No ofrece ningún poder sobrehumano, pero permite poder comunicarse de manera precisa y desenvuelta, tal y como hacen el resto de los países europeos. Si queremos que nos hagan caso y nos integren en los grandes proyectos tienen que escucharnos, claro está, en inglés.