A medida que los recuerdos de nuestra niñez se difuminan en el disco duro de nuestro cerebro, más nos cuesta despegarnos las sábanas de la rutina. Nuestra agenda diaria ha reemplazado el juego y la aventura por una serie de tareas que podremos procrastinar, pero que tarde o temprano acabamos haciendo. Una vez más. Como las olas del mar que llegan a la costa, a veces mansas, a veces fieras, sufrimos una tortura griega de eterna repetición de actividades.

Cierto; somos animales de hábitos. Y una vez cogemos uno, no lo soltamos. Nos cuesta cambiar o hacer cosas nuevas. Y, sin embargo, la repetición tiene su parte buena, puesto que nos permite aprender a realizar o entender las cosas con soltura y seguridad. Nadar, montar en bicicleta, escribir con un teclado, cortar cebolla o negociar son un ejemplo de ese tipo de actividades que, cuanto más las practicamos, mayor experiencia adquirimos.

Con los idiomas sucede lo mismo. Al principio cuestan y exigen prescindir de la realización de otras actividades para dedicarles el tiempo adecuado. Es decir, cambiar nuestra rutina hasta convertirlos en rutinarios. Pero, una vez aprendida la base, nos conformamos con haber alcanzado ese nivel que nos permite decir no todo lo que quisiéramos, pero sí para expresarnos. El problema que acarrea este tipo de relajación surge cuando nos encontramos con una situación en el trabajo –presentación, videoconferencia- en la que descubrimos que no sabíamos tanto como creíamos y que andamos escasos en vocabulario, además de no poder entender correctamente lo que nos dicen y pronunciar con un acento algo forzado.

Para mejorar el inglés, se deben seguir ciertas pautas y convertirlas en hábito. El hábito hace al monje, dice el refrán. También te permite aprender inglés con garantías.

Lo primero que tenemos que hacer es acostumbrarnos a usarlo. Alguno pensará que suena demasiado evidente, por supuesto, pero la realidad es que solamente lo empleamos, como el extintor, en caso de emergencia. En lugar de esperar a que nos encuentre, debemos salir todos los días a buscarlo. Para temas de vocabulario, es tan sencillo como intentar nombrar todos los elementos y objetos de nuestro hogar en inglés. Aquellos cuyo nombre desconozcamos, los buscamos en un diccionario e intentamos repetirlo cada día al verlo. Lo mismo podemos hacer en la oficina, en la calle, en el parque, en el banco… Poco a poco, enriqueceremos nuestro léxico de manera visual e inmediata, a través del reconocimiento.

Cuando era joven, la única manera de escuchar el sonido del inglés era a través de canciones. Las series y películas estaban siempre dobladas y no existían los DVD con sus menús de opciones de idiomas. A pesar de todo, en esa época pre-Internet era posible aprender a pronunciar adecuadamente estrujando el oído hasta entender la letra y aprendérsela. Requería mucho esfuerzo, pero la satisfacción era inenarrable. Actualmente, tenemos un ejército de audiovisuales a nuestra disposición a los que sacar partido, integrando el inglés en nuestros momentos de ocio y familiarizarnos así con su sonido.

Hablar de forma natural y fluida

No obstante, es la práctica oral la que, sin duda alguna, mayores problemas causa entre aquellos que han decidido mejorar su nivel de inglés. Porque no es tan accesible como un diccionario o una página web. Requiere un grado de interacción humano con una persona que corrija nuestros errores, nos explique cómo decir las cosas de la manera adecuada y teja un hábito comunicativo con nosotros. En otras palabras, un profesor. La accesibilidad de este tipo de profesionales es muy alta en nuestro país. Especialmente ahora, donde el inglés en los negocios se ha convertido en asignatura obligatoria para los trabajadores. Las formas de disponer de uno son variadas, al igual que sus métodos de enseñanza. Pero si a quien necesitamos es a uno familiarizado con las exigencias corporativas actuales, la mejor solución la encontramos en los cursos de formación en inglés de negocios para las empresas. Este tipo de enseñanza se imparte en las propias instalaciones de la compañía, llevando el inglés al puesto de trabajo. Justo donde más se necesita coger el hábito de emplearlo. De la misma manera que el sistema de mejora en el nivel de vocabulario, el alumno asociará la oficina con el idioma de manera inconsciente, perdiendo el miedo a expresarse en una lengua extranjera y adquiriendo la confianza necesaria para no ponerse nervioso a la hora de emplearlo.

Hay otro factor importante a tener en cuenta. Para habituarse a hacer algo, la repetición resulta fundamental para ganar soltura y naturalidad en su empleo. El puesto de trabajo es el lugar perfecto e idóneo para ello, puesto que el desarrollo rutinario de las tareas desempeñadas ayuda a coger constancia en su empleo. Sin tener que modificar su actividad diaria, el trabajador encuentra una motivación nueva al tener que aplicar poco a poco el inglés en el desempeño de sus funciones. Haciendo lo mismo, hace algo nuevo que le permite mejorar sus conocimientos.