España es un país único. Entre otras cosas, porque fuimos los primeros en demostrar la relatividad del tiempo al intentar pasar del siglo XIX al XX y conseguir precisamente lo contrario: retroceder en el tiempo. Para cuando le cogimos el pulso a la era, decidimos darle hacia delante para meternos de golpe en el XXI, sin preámbulos ni pasos previos. Porque otra cosa que nos caracteriza es la brevedad de nuestra paciencia. Esa rápida adaptación, sin embargo, se ha dejado por el camino ciertos aspectos importantes con los que asentar los cimientos de esta nueva época. Como, por ejemplo, los idiomas.

 

Así que, mientras nos modernizábamos con la Revolución Industrial por un lado y perdíamos el resto de colonias por el otro, la ambigüedad evolutiva provocó una serie de convulsiones políticas que acabaron con un país dividido, destrozado y arruinado. Por si fuera poco, aislado de una Europa que sufrió su propia guerra pero contó con el apoyo norteamericano para su reconstrucción y desarrollo. Aún tardaríamos unas décadas en darnos cuenta que la mejor solución era la de integrarnos. Y los fondos recibidos nos permitieron evolucionar en nuestra economía, centrados principalmente en la construcción y el turismo. Gracias a estos dos sectores, nos recuperamos. Pero el resto de actividades económicas se quedaron en el limbo. Ahí es cuando entraron en acción las multinacionales extranjeras.

Las multinacionales en España

 

En la actualidad, nuestro país es uno de los principales receptores de inversión extranjera. A pesar de haber diversificado nuestro campo de actividades económicas, el volumen contributivo nacional sigue estando por debajo del foráneo. El impacto de la crisis fue más evidente en el caso de las nacionales pero, por fortuna, mantuvo la presencia de las extranjeras casi en su totalidad en nuestras tierras.

 

¿Y de dónde proceden estas grandes multinacionales? En su mayoría, de otros países europeos, como Reino Unido, Francia, Alemania, Países Bajos, Luxemburgo, Italia y algún país del Este. Estados Unidos, Brasil y México ocupan el segundo lugar, quedando los países asiáticos en el tercero, aunque creciendo en presencia y competitividad. En total, estas empresas dan trabajo a cerca de 1.300.000 trabajadores en el siguiente orden por actividad: Industria, Servicios y Comercio.

 

Por otro lado, las empresas españolas han logrado establecerse con solidez fuera de nuestras fronteras, por lo que, con independencia del lugar de trabajo que se tenga, se necesitan los idiomas para mantener la comunicación internacional abierta. Con echar un vistazo al país de origen o destino, resultará sencillo adivinar qué lenguaje es demandado para trabajar. Pero, ojo, no siempre resultará tan evidente como podría parecer.

El inglés, idioma de las multinacionales

El motivo de que no todo sea lo que parezca se debe a la globalización del idioma inglés como lengua oficial de los negocios. La apertura de mercados dentro de un mundo con diversidad de habla solo permitía dos opciones: aprender una gran cantidad de idiomas o emplear uno que todos conocieran. Y aquí el inglés no tenía apenas competencia. El triunfo del imperio británico dejó un legado lingüístico importante que, posteriormente, potenciarían los estadounidenses con su capitalismo extensivo de ultramar. Otros idiomas, como español o francés, de amplia presencia geográfica, perdieron poder ante la fragilidad de las economías representadas sobre el mapa que, si bien mantienen actividad económica con la madre patria colonial, la madre tiene una suegra con mucho más carácter.

 

A pesar de ello, el hecho de que gran parte de la actividad se tenga que desarrollar con el país de procedencia, obliga a los trabajadores a formarse en idiomas autóctonos de la empresa sede. Saber hablar francés, alemán, italiano, holandés, chino mandarín o árabe suponen un plus de competitividad muy interesante para determinados puestos de trabajo. Pero, sin inglés, nos limitamos en exceso la capacidad de crecimiento.