Una empresa multinacional recibe ese nombre porque ejerce su negocio en varios lugares del mundo y está compuesta por gente de diferentes nacionalidades. Esta nueva Babilonia laboral mantiene el mismo plan de trabajo en todas sus dependencias, lo que obliga a los empleados a trabajar siguiendo las mismas directrices con independencia de los particularismos regionales.

La comunicación, a su vez, se realiza a través de idénticos canales y formatos para unificar la forma y estilo de los documentos. Lo único que podría variar sería el idioma en el que se redactan, pero esto supondría un gasto económico –traducciones- y de tiempo, amén de la pérdida de ciertos significados en otras lenguas. Mucho más sencillo resulta emplear un idioma común que permita que la información llegue al instante a cualquier lugar del mundo sin riesgo de malinterpretación.

La elección de que dicho idioma sea el inglés no es caprichosa; entre el Imperio Británico y la presencia norteamericana a lo largo del planeta tras la Segunda Guerra Mundial, el inglés se convirtió en el idioma por excelencia de los negocios. Los países que por un lado o por el otro recibieron la industria de ambos países tras dichos acontecimientos históricos integraron ese idioma con el propio para poder desarrollarse y prosperar. Los que no, como España, mantuvieron su ostracismo lingüístico hasta la llegada de la globalización.

Las consecuencias fueron más que obvias; nuestros empleados carecían del nivel de otras naciones en el empleo de una segunda lengua en la sociedad o en el trabajo. Hasta entonces, eran las zonas dedicadas al turismo quienes daban más importancia a ese tema. Pero sin demasiadas exigencias. Con un nivel básico era suficiente para hacerse entender, anotar los pedidos o anotar reservas en un hotel. El exceso de complacencia que teníamos nos hizo creer que con chapurrear unas cuantas frases podríamos integrarnos sin problemas en el circulo económico internacional. El error nos costó caro.

Tendencia a la obligatoriedad del inglés en las multinacionales

Así que las empresas dieron prioridad al inglés como requisito obligado para los nuevos trabajadores. Pero, claro, un idioma no se aprende ni en un mes ni con cien palabras. Requiere tiempo y práctica para obtener unos resultados satisfactorios. Y, mientras Europa avanzaba a zancadas, nosotros íbamos pasito a pasito con la formación que, además, no estaba del todo homogeneizada, especializada ni asequible para todos los bolsillos. Hasta que se tomaron cartas en el asunto y la educación entendió que el bilingüismo nacía en los colegios y no pasada la mili –para quienes recuerden aquellos tiempos.

Por otro lado, las empresas no tenían un sistema unificado que les permitiera comprobar el nivel verdadero de los trabajadores, que un cuestionario o poder hablar en una entrevista eran todos los requisitos que se pedían. Ya no; ahora deben disponer de una valoración del Marco Europeo de Referencia para las Lenguas que diga con exactitud cuál es su conocimiento real del inglés.

Inglés para multinacionales

Gracias a contar con un sistema evaluativo homogeneizado, las empresas ya pueden saber qué nivel mínimo es necesario para poder ser competitivas en el entorno globalizado de la economía de nuestra era. A partir de ahora, los candidatos deben certificar que poseen un B2 de conocimientos de inglés, el equivalente al intermedio-alto. Una multinacional no se puede permitir el lujo de contratar a personas que no se puedan adaptar al ritmo de trabajo porque no entiendan el idioma. Vivimos en la era de la inmediatez, de los mensajes instantáneos, de las conferencias internacionales desde una oficina. La capacidad de reacción y los tiempos estipulados para realizar un trabajo se han adaptado al vértigo del nuevo compás que marca la sintonía laboral. Si el idioma supone una tara, un retraso u obstáculo para el desarrollo normal del trabajo, no se contará con ese tipo de personas o serán relegadas a actividades de menor trascendencia y con nulas posibilidades de ascender en su carrera.

Porque la comunicación dentro de una multinacional también afecta a su progreso interno. Recordemos que dentro de la empresa trabajan personas de diferentes nacionalidades que, si bien necesitan aprender el idioma local para vivir en el lugar de residencia, no tanto precisan de su uso o conocimiento para desempeñar su trabajo. Al igual que una embajada, el territorio de una multinacional es parte de ese país, aunque con una normativa privada. Una empresa japonesa no exige a sus empleados en Bélgica que hablen japonés, pero sí un nivel de inglés que les permita comunicarse de manera correcta. Porque su idioma tiene un leve alcance local y su interés económico es global. Con mejor o peor acierto, todos sus directivos no tienen problemas a la hora de desenvolverse a nivel internacional. Si trasladamos ese ejemplo a nuestro país, entenderemos la imperiosa necesidad de adaptarnos cuanto antes a la dinámica universal.