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A pesar de lo que pueda parecer, el contenido de este artículo no versa sobre trampas con las que engañar a un profesor nativo durante una prueba de inglés, sino de recomendaciones a tener en cuenta a la hora de realizarla. Porque, sinceramente, si no sabéis hablar inglés, lo va a notar en seguida.

Las pruebas de inglés se realizan con el objetivo de determinar el nivel de inglés verdadero de los candidatos y que la empresa determine posteriormente si se adecúa a las necesidades del puesto ofertado. En algunos casos, un nivel intermedio resultará más que suficiente. Así que el primer consejo es que habléis como sabéis hablar para que un profesional nativo os indique con precisión vuestra capacidad comunicadora y de entendimiento actual. Saber dónde os encontráis en realidad supone un punto de referencia sobre el que orientarse de cara a mejorar o aspirar a otro tipo de puesto.

Una vez superada la introducción, vámonos de cabeza al meollo de la cuestión: ¿qué se necesita hacer en una prueba de inglés? Muy sencillo; hablar. Porque uno de los puntos que más importan en este tipo de análisis es medir la fluidez oral del entrevistado. La brevedad es sinónimo de falta de capacidad comunicativa y, en este caso, de carencias expresivas. Pero no lo confundáis con transformaros en cotorras espídicas para impresionar con vuestra garrulidad (de gárrulo: locuaz, no de garrulo, que es muy distinto). A veces es mejor decir poco pero con calidad que mucho sin sentido. Porque tener falta de fluidez pero buena gramática es mejor que el caso inverso. La capacidad expresiva resulta más sencilla de mejorar que corregir toda la gramática.

Dentro de este apartado oral, conviene tener presente el aspecto del vocabulario. Para determinadas profesiones se exige dominio de jerga profesional, por lo que enriqueced el contenido de vuestra oratoria con este tipo de palabras siempre y cuando sea posible. Un truco es el de llevar el tema de conversación a un caso concreto de trabajo donde poder mostrar el citado conocimiento y así arquear en señal de respeto las cejas del entrevistador. Por otro lado, la repetición constante de las mismas palabras en las respuestas en sinónimo de falta de léxico. Tratad de repasar vuestro vocabulario el día anterior para incorporar verbos o adjetivos nuevos sin miedo. En caso de que tengáis ya cierto conocimiento del idioma, atreveos a emplear algún phrasal verb o idiom en algún momento de la entrevista; no resultan imprescindibles, pero os hace ganar puntos en la expresividad.

Una vez dicho lo que hay que decir, llega la siguiente parte clave, complicada y quebradero de cabeza para la mayoría. Cómo decirlo. Es decir, la pronunciación. Por mucho vocabulario que conozcáis, no tiene utilidad alguna si lo pronunciáis mal. El motivo de este punto es que podéis estar diciendo otra palabra sin daros cuenta o convertir una sencilla narración en un galimatías fonético sin pies ni cabeza. Consultad antes la pronunciación si tenéis dudas o no lo tenéis claro. De nuevo, una buena pronunciación es preferible a la capacidad oratoria descontrolada. El objetivo es que os entiendan, no que os escuchen. Existen páginas de Internet o pubs irlandeses en la ciudad donde amables y pacientes angloparlantes os pueden ayudar a corregir esos defectos, pinta mediante.

Finalmente, resulta igual de importante el saber hablar como escuchar. O, mejor dicho, entender lo que os dicen. Dado que la parte auditiva es el talón de Aquiles de los españoles, dedicad cierto tiempo a mejorar este apartado. ¿Cómo? Viendo vídeos en YouTube, escuchando charlas de TED, viendo vuestra serie favorita en versión original o, si no caéis en la trampa del alcohol, yendo al mismo pub de antes para escuchar de primera mano a nativos conversando.