Hoy me siento futbolero. Me encontraba reflexionando sobre lo que significa ser la mejor empresa de formación de idiomas y he visto que el Alavés había ganado su partido de Liga. De pronto, todo mi ser viajó en el tiempo hasta la temporada 2000-2001, cuando el equipo vasco disputó la final de la Uefa contra el famoso Liverpool. Fue un fantástico partido. De hecho, está considerada la mejor final de la historia de la competición. A pesar de su aciago final para los albiazules que, después de haberse fundido al Inter en octavos (y al sorprendente Rayo Vallecano en cuartos), no lograrían alzar la copa, sí que levantaron la admiración y respeto de todo el continente europeo e internacional.

Podría poner más ejemplos al respecto –entre ellos, mi equipo, el West Ham, con gran fama internacional a pesar de que lo único que festejamos desde los años ochenta son ascensos y no descensos- pero creo que ese partido, más tragedia griega que deporte de competición (el Alavés acabó con 9 futbolistas sobre el terreno de juego y perdió por un gol en propia meta en la prórroga), resume a la perfección los hechos a los que hay que prestar atención a la hora de seleccionar la mejor empresa de formación de idiomas.

¿Qué factores determinaron que un perfecto desconocido asombrara a los especialistas europeos con su manera de jugar y resultados contundentes (un total de 9-2 en la semifinal contra el Kaiserslautern, equipo alemán con pedigrí internacional)? Los más envidiosos pueden achacarlo a la suerte, como siempre. Sin embargo, los que vivimos aquella temporada podemos asegurar que el azar, que siempre tiene una mano haciendo cosquillas al destino, no fue ni por asomo el mejor jugador del equipo. Y ése es el primer factor a tener en cuenta: la plantilla. Sin ser futbolistas de renombre, cuyas caras conocían sus amigos y familiares porque no tenían valor publicitario alguno, sí que aunaban calidad, motivación y buen juego a raudales que les permitieron funcionar como equipo y no como nombre, como le sucedió a sus rivales de mayor peso. Existen empresas de formación de idiomas que, debido a su fama, todos creemos que son las mejores. No es cierto. Es la plantilla con la que cuenten la que al final determina la valía de su trabajo y no un anuncio en prensa o televisión. Es bastante habitual que los clientes sean quienes recomienden a este tipo de empresas si los resultados obtenidos no solamente son positivos, sino sorprendentemente óptimos.

Otro de los factores que llevaron al “Glorioso” a la cúspide de los altares balompédicos estaba en su estilo de juego, sin grandes individualidades que hacían del sistema y de la implicación de todo el equipo su mejor arma. Los laterales eran cuchillos en mantequilla y los delanteros letales desde cualquier punto del campo. Por tanto, si una empresa de formación reúne a profesionales motivados, el método de enseñanza se transforma en la panacea lingüística por excelencia. Disponer de formadores capaces de hacer de las clases un verdadero centro de aprendizaje, contagia a los alumnos con su energía y conocimientos.

Por otro lado, el método que se emplee para impartir las clases determina también la calidad de la enseñanza recibida. A mi memoria viene ahora el rodillo alemán en los Mundiales frente a la Naranja Mecánica holandesa o el aburrido catenaccio de origen austriaco frente a la magia española de Aragonés y Del Bosque. El objetivo de la enseñanza de un idioma sigue las mismas pautas, pudiendo escoger entre una empresa plomiza y machacona o una más dinámica e innovadora. La victoria –dominar o aprender un idioma- está garantizada por ambos lados. Depende del alumno decidir cuál se adecúa mejor a sus posibilidades.

Porque ésta es el último factor a tener en cuenta antes de tomar una decisión: adaptarse a una academia de idiomas o que la empresa de formación tenga una flexibilidad que se ajuste a la disponibilidad del alumno. Tal vez en otra época era necesario que los estudiantes realizaran un esfuerzo para demostrar su interés. No obstante, los tiempos han cambiado, de la misma manera que sus horarios o su interés; la tecnología se ha convertido en una gran aliada para las clases y conviene no ignorar la transformación de las personas para proponer un método de enseñanza que despierte su interés sin perder la calidad en el proceso. Hay varias empresas que, en un exceso de celo o síndrome del Everest, publicitan la modernidad de sus servicios sin que ésta tenga una solidez formativa ni un equipo detrás que ponga al alumno en pie.