En los últimos años se ha puesto de moda el DIY o “Háztelo tú mismo“. A pesar de que tengamos tendencia a que nos den las cosas hechas, la crisis económica ha revitalizado la sana costumbre a no depender de productos finales. Tal vez el efecto IKEA nos animó a descubrir que era mucho más barato montarnos los muebles con un resultado final muy profesional. No hay más que echar un vistazo a la parrilla televisiva o a YouTube para ver la cantidad de programas y tutoriales que nos enseñan a construir, reparar, cocinar o reciclar cosas.

Todo eso está muy bien, porque ha logado recuperar nuestro espíritu creativo y potenciar el instinto de supervivencia. No lo voy a negar; yo soy de ese tipo de personas. Pero cuando una de mis gatas se puso enferma hace poco, no me puse a descargar manuales de medicina felina como un loco. La llevé al veterinario.

El ser humano está capacitado para resolver situaciones que se le plantean a lo largo de la vida siempre y cuando tengan dos condiciones: que sean de carácter mecánico y que disponga de conocimientos previos respecto a la materia. Pero la comodidad de que alguien lo haga por nosotros resulta tentadoramente atractiva. Porque ahorra tiempo. Y el tiempo es un bien escaso. Como el dinero.

A nadie se le ocurriría llamar a un carpintero para colgar un cuadro. Es un acto sencillo cuyo coste nos podemos ahorrar. Pero sí que contratamos a un pintor si necesitamos pintar la casa. Podemos intentarlo por nuestra cuenta, pero el resultado y el tiempo empleado para ello hacen más factible que recurramos a los servicios de un profesional. Lo mismo sucede cuando tenemos hambre. Tiramos de congelados o precocinados.

Es decir, que queremos las cosas bien y rápido. Y, si las podemos hacer nosotros mismos, ¿para qué malgastar el dinero en ello?

El mundo de la construcción popularizó el significado de la palabra “ñapa”. Y en España presumimos de ellas. Bien cierto es que muchas de esas ñapas aportan los resultados esperados con creces pese a su poco lucimiento estético. Pero, gracias a nuestro espíritu aventurero, hemos aprendido a disimularlas con clase y esmero.

Aprendiendo inglés de forma autodidacta

Ahora, si juntamos el concepto de ñapa y lo mezclamos con el innovador DIY, tenemos un híbrido al que llamamos aprender inglés de manera autodidacta.

Seamos sinceros; aprender un idioma requiere constancia, práctica y tiempo. Lo de los cursos por fascículos o viendo un programa de televisión no es un sistema de garantías en absoluto. Aprenderás a decir un par de cosas y a escribir cien palabras. Piensa ahora si un extranjero hiciera lo mismo con el español.

No, hay cosas que requieren la ayuda de un profesional para su verdadero entendimiento. O para que estén bien hechas. Un idioma no es como ponerle silicona o cemento blanco a la ducha y que solamente salga una gota. La gota que sale en el idioma arrastrará para siempre ese defecto.

El inglés se necesita hablarlo y escucharlo con una persona. Es decir, practicándolo.  No aprenderás a pronunciarlo repitiendo palabras sueltas como un loro, puesto que nadie te escuchará para corregirte la entonación o el acento. Hay distintas formas de decir las cosas. Y adivina qué. Las más comunes no salen en los libros de texto.

La gente que es autodidacta tiene una gran capacidad asociativa para relacionar sus conocimientos previos con los que va adquiriendo. Aparte de eso, son muy estudiosos y dedican prácticamente todo su tiempo a la consecución de su sueño. Una vez adquirida cierta base de confianza, buscan codearse con gente que sepa de ese medio para aprender mejor. Es decir, que necesitan la ayuda de un maestro. Porque esa es la función de los profesores: transmitir la experiencia técnica y práctica. Una receta de cocina te enseña los pasos a seguir para preparar un plato. Un cocinero te indica cuándo se ha pochado la cebolla.

Seguir un curso por cuenta propia no dura demasiado tiempo. Hay que tener mucha vocación y estar dispuesto a realizar constantes esfuerzos para conseguir unos modestos resultados. Por regla general, al cabo de unas semanas se abandona. Y todo ese tiempo invertido para obtener unos enclenques conocimientos se podían haber aprovechado mejor delegando la enseñanza en un profesional, en alguien que tirara de tu aprendizaje hasta darte la confianza suficiente para entenderlo, asimilarlo y ponerlo en práctica de acuerdo a tus necesidades. Uno no sabe lo mucho que cuesta aprender bien un idioma hasta que es demasiado tarde. Porque tendemos a querer hacer las cosas rápido y fácil. Y, como diría la profesora de Fama: todos queréis la fama, pero la fama cuesta.