En la vida, como en el circo, hay que encontrar el equilibrio. Nuestro trabajo, la vida familiar, los amigos y las aficiones compiten por tener más minutos de atención por nuestra parte y hay que establecer unas prioridades para evitar que el complejo organigrama de nuestra existencia se nos vaya de las manos, por las contantes excepciones con las que nos topamos cada semana.

De la misma manera, si un empleado decide sacarle partido a la formación que la empresa pone a su disposición, descubrirá que necesitará hallar la manera de compatibilizar ambas para que su trabajo no se vea descuidado o que su vida personal no sufra las punzantes increpaciones por parte de su pareja ante la reducción de tiempo reducido.

Claves para compatibilizar formación y trabajo

La clave, tanto para la formación como para todo lo demás, es saber organizarse en ese efímero transcurso de la historia que es la eterna partida de Tetris llamada nuestra vida. Y, para poder triunfar, debemos empezar con un compromiso.

Salvo que uno tenga un horario diseñado por un duende germánico borracho –como es mi caso-, las horas que dedicamos a realizar nuestra labor diaria están bien definidas y estipuladas por contrato. Pero, a su vez, también nos permite disponer de unos espacios fijos para elegir el momento de recibir nuestra formación. A menos que la empresa decida integrarla dentro del horario laboral, los espacios disponibles para la misma quedan delimitados de la siguiente manera: antes de empezar nuestra jornada, durante la pausa para el almuerzo y al final de nuestro trabajo. Vamos a ver qué ventajas ofrece cada una de ellas.

La primera hora de la mañana, aunque implique reducir el tiempo dedicado al sueño, es también el momento en el que nuestro cerebro está más fresco. Si eres una persona a la que le cuesta madrugar, probablemente no sea el mejor momento del día para comprometerse con un curso. Sin embargo, la mayor parte de la alta directiva suele empezar el día con la luz de las estrellas, convirtiéndose esta franja horaria en la más adecuada para sus necesidades de formación. ¿Por qué? Primero, porque la oficina está vacía y pueden concentrarse mejor. Segundo, el arranque de la jornada se inicia con la totalidad del equipo sentado frente a sus ordenadores y poniendo en marcha los engranajes de la máquina a la vez, así que cuenta con suficiente margen para enfocarse en los objetivos de la empresa.

Por mucha hambre que tengamos, una hora nos sobra para poder alimentar nuestro cuerpo en el almuerzo. Y si son dos horas, ¿qué hacemos con el resto del tiempo? Algunos aprovechan para salir a comer fuera, otros cogen el coche para irse a casa y el resto, en caso de contar con las instalaciones adecuadas, consumen su comida en la propia oficina. Afortunadamente, la experiencia propia y la ciencia nutricional nos han enseñado que, si bien es importante darle sustento al cuerpo, no requerimos de pantagruélicos gaudeamus para subsistir. Es más; la frugalidad en la ingesta nos permite reponer fuerzas sin dejarnos en ese estado que los centinelas romanos del segundo turno nocturno definían como modorra. No es de extrañar que esta franja horaria sea la más demandada por el grueso de empleados de la oficina, que aprovechan para relajarse y desconectar del trabajo sin dejar de lado su compromiso con la empresa. Además, cuentan con la ventaja de poder tratar los temas del día y adaptarlos a la dinámica de las clases, que se transforman en una entretenida actividad práctica para los asistentes.

Por último, la hora de salida suele ser la más complicada para muchos, puesto que tal vez tengan otros planes. No obstante, para gente que trabaja media jornada, supone un interesante aprovechamiento de ese tiempo de la primera parte vespertina del día. Pero el resto puede beneficiarse de otra manera, pues no es raro que los empleados estén acostumbrados a alargar su tiempo de trabajo por diferentes motivos. ¿La palabra reunión le resulta familiar a alguno? La formación de última hora no les resultará ni larga ni pesada. Es más; para alguno supone una salida fija en lugar de tener que hacer horas extras. Pero no todo son subterfugios con la formación; al igual que las clases de la mañana, éstas liberan a la oficina de desconcentraciones y permiten relajarse a quien las recibe, disfrutando de los beneficios sin tensiones de la mente.

Por tanto, sea cual sea el horario que escojamos, debemos de tener en cuenta el compromiso que ello conlleva para ganar conocimientos en lugar de perder el tiempo. Una inteligente organización de dichos periodos supone un enriquecimiento profesional y personal, mientras que la mala planificación rompe el equilibrio que necesitamos. Y, sin equilibrio, nos preocupamos por no caernos en vez de disfrutar del trayecto.