Justamente acabo de llegar a mi casa después de haberme reunido con un amigo alemán para saludarnos por el nuevo año. Esta persona, a la que conocí por motivos profesionales, es un directivo de una empresa internacional y se encuentra viviendo en nuestro país desde hace una temporada. Por motivos de trabajo se ha visto obligado a desplazar su residencia a lo largo de Europa varias veces a lo largo de su vida. No maneja el español con demasiada soltura, pero eso no supone ningún impedimento para desarrollar su profesión sin problemas, porque gracias al inglés el nombre del país no es relevante para realizar su trabajo con eficacia.

Curiosamente, antes de las navidades me reuní con otra persona con la que trabajé varios años y que tiene un puesto parecido al de mi amigo. Solo que esta persona era española. Al igual que la primera, ha prestado sus servicios en otros países. Con la diferencia de que su nivel de inglés era bajo. Recuerdo que me comentaba con pena lo dura que le resultó esa experiencia y la de puertas que se le cerraron por culpa del idioma. Pues si como trabajador es excepcional, el mero hecho de no saber desenvolverse con soltura con el inglés ha supuesto un duro freno en su carrera.

Si extrapolamos este caso de manera inductiva al resto de la sociedad, observaremos un mal endémico que se repite una y otra vez en nuestro país: la falta de formación lingüística adecuada entre los puestos directivos de nuestras empresas. Pero, ¿a qué se debe que haya tanta diferencia entre el resto de países y nosotros?

Al finalizar la Segunda Guerra Mundial, el victorioso bando aliado y las derrotadas potencias del Eje se encontraban en la misma desolada situación. Seis años de contienda habían dejado a Europa en ruinas y arruinada. Su futuro quedaba en manos de americanos y rusos, cuya entrada en la batalla había resultado decisiva para acabar con el expansionismo nazi. Pero el control político del Viejo Continente reavivó la llama del conflicto armado y los aliados de antes pasaron a convertirse en los nuevos enemigos. Capitalismo contra comunismo. Europa quedó dividida por un muro y una C distinta en cada mitad. Estados Unidos se encontró con un doble motivo por el que ayudar al lado occidental a recuperarse de los horrores de la contienda. El primero, económico, puesto que el lado occidental suponía un nuevo mercado donde mandar el excedente de producción nacional. El segundo, político. El miedo a la extensión de la política de Stalin obligó a los americanos a imponer su influencia en estos territorios de manera más activa.

El uso del inglés de forma internacional

Este hecho propició que aquellos países que quedaron bajo control americano y los reacios a adoptar el comunismo, tuvieran un contacto más directo y presente en sus territorios, separados por fronteras pero con un denominador político común. Dado que cada uno de ellos –a excepción de Inglaterra- hablaba un idioma distinto, se adoptó el inglés como lengua franca tanto para la diplomacia como para el comercio. Además, la identificación con la cultura americana propició que esta lengua se empleara entre el resto de la población. Consecuencia de ello fue que el inglés se institucionalizara en todos estos países hasta convertirse en el lenguaje oficial de la Unión Europea. De la que formamos parte.

En efecto; partimos con una seria desventaja. Pese a nuestra integración en esta nueva Europa, carecemos de esa base que permitió al resto de países adoptar el inglés en su idiosincrasia y relaciones comerciales. Las medidas que se están tomando en la actualidad están más orientadas hacia el futuro que hacia el presente. Eso deja en una situación muy comprometida a todos aquellos que ya tienen una vida establecida en el presente. Y, para los directivos españoles, una seria desventaja competitiva con respecto a sus homólogos internacionales.

Es por esta razón por la que las empresas deben tomar medidas, ofreciendo cursos de formación en inglés para directivos. De esta manera, podrán ponerse al día, aprender la forma habitual de conversar en el resto del mundo, afianzar sus capacidades orales, mejorar las auditivas y aumentar su valor para la empresa. La integración del idioma debe empezar desde el interior. Qué mejor lugar que el propio puesto de trabajo para asimilarlo desde dentro y ajustarlo a las necesidades reales que los directivos tengan según su posición.