La formación se puede definir como el proceso por el que una persona adquiere nuevos conocimientos intelectuales y prácticos sobre una materia determinada en un espacio de tiempo delimitado. Lo bueno de las definiciones es que nos dan una idea interpretable de una materia y una realidad subjetiva con la que visualizar los conceptos. Lo malo es que no especifican el tiempo, el esfuerzo, el coste o los desplazamientos.

Cuando hablamos de cursos presenciales, de inmediato pensamos en asistir a un centro donde se imparte la formación. Eso implica tener que recorrer una distancia que puede variar desde salir de la oficina y recorrer un breve trayecto hasta cruzar la ciudad de un extremo a otro y encontrar aparcamiento. Sin embargo, la formación presencial en empresas supone un mero tránsito de un despacho a otro dentro de las propias instalaciones, puesto que es sobre el formador quien recae la obligación de desplazarse hasta allí en lugar del alumno. Por tanto, ya tenemos la primera ventaja: economía de tiempo en el movimiento. Esto supone un valioso ahorro para los beneficiados, que evitan así retrasos por la mañana, comer a toda pastilla al mediodía o sucumbir al cansancio y al atasco al final de su jornada laboral, por no mencionar la ganancia de tiempo de descanso los fines de semana.

Pero la presencia del docente en el centro de trabajo también conlleva otra ventaja implícita: la integración del conocimiento en su lugar de implementación. El ser humano asocia lugares con el desarrollo de una actividad de manera inconsciente, porque su forma de ser se modifica en función del uso que le da al mismo. De la misma manera que nos comportamos de manera distinta entre compañeros de trabajo y amigos, determinados espacios potencian la concentración o el relajo. Un aula de formación externa nos permite centrarnos en la materia en esa zona determinada. Pero, si la trasladamos al interior de la oficina, potenciaremos su integración de manera más rápida. Pongamos un ejemplo para aclararlo mejor. Si los cursos de inglés se dan en el lugar de trabajo, la transición entre uno y otro disminuirá de tal manera que ambos se relacionarán en la cabeza del alumno de forma inmediata. La oficina representará trabajo e idioma a la vez, facilitando el objetivo del bilingüismo en el entorno laboral.

Cercanía en la formación presencial

Esta reducción de distancia física y mental genera, a su vez, la tercera ventaja de la formación presencial en las empresas: reducción de esfuerzo en su aprendizaje. Al no tener que gastar energía o tiempo de desplazamiento y de asociación, el empleado obtiene los beneficios de manera rápida y práctica. Supongamos que tiene una duda en la redacción de un correo electrónico. Al término de la clase, puede efectuar las correcciones pertinentes de un trabajo específico que afecta a su rendimiento. Los resultados directos de la formación provocan una actitud positiva hacia el aprendizaje, por lo que el esfuerzo realizado durante el mismo disminuye de manera exponencial al aumentar los beneficios del mismo. Algo similar sucede con determinadas actividades físicas, cuyo esfuerzo no es tanto al notar una mejoría corporal a su finalización.

Otra ventaja más de la formación presencial en empresas se halla dentro de la propia aula o sala de impartición. Un curso tan demandado como el inglés acaba rebosando las clases de personas, limitando la interacción del alumno. Además, no siempre conocer a gente nueva supone un enriquecimiento social, puesto que hay personas que avanzan más rápido que el resto o que ralentizan el ritmo de los demás. Por no mencionar a los que interrumpen constantemente el desarrollo de la lección. La formación presencial en empresas permite un desahogo numérico del alumnado, potenciado así su tiempo de uso práctico de la lengua, a la vez que las personas que conformen la clase son ya conocidas por nosotros y comparten la misma necesidad específica del curso.

Finalmente, la última ventaja la encontramos en su precio, puesto que no supone ningún gasto para el beneficiado por la misma. La empresa corre con los gastos y ellos con la ganancia de su aprendizaje. Esto podría dar a entender que los cursos de formación presenciales en empresas causan una pérdida al empresario. Al contrario. Suponen una inversión en actualización y mejora de calidad de la plantilla, que revertirá posteriormente en un aumento competitivo de sus facultades, la posibilidad de ampliación de mercado nacional al internacional y hasta la propia expansión futura de la misma empresa si surgen determinadas oportunidades. El idioma no se trata de ningún capricho particular, sino una necesidad de primer grado en un mundo globalizado.