importancia de la puntualidad

¿Quién no se ha enfadado con un amigo o amiga por haberle hecho esperar más de media hora en el punto de encuentro? ¿Quién no ha montado en cólera porque el envío que le habían garantizado que llegaba ese día resulta que va con retraso? ¿Y quién no soltado sapos y culebras por la boca después de estar esperando más de una hora en el aeropuerto y le comunican que el avión va a salir finalmente dos horas más tarde? Está claro; la impuntualidad nos saca de quicio.

Lo cierto es que no podemos predecir el futuro y tarde o temprano nos topamos con algún contratiempo que nos retrasa en nuestras obligaciones. Nuestro amigo o amiga puede haber tenido un percance antes de reunirse con nosotros que le haya obligado a priorizar la solución de dicho problema. Las mensajerías tienen unas rutas definidas y, bien por no encontrar aparcamiento, confusión en los datos de un paquete o sobresaturación de envíos, acaban postergando nuestra entrega unas horas o incluso unos días. En el caso de los aviones, las inclemencias meteorológicas o incidencias técnicas hacen primar nuestra seguridad por encima de la hora de embarque.

En el trabajo, no obstante, hay un acuerdo contractual y económico entre trabajador y empresa que, a cambio de cumplir unas horas semanales, intercambia trabajo por dinero.

Además, estamos hablando no de una persona sino de un equipo entero, lo que significa que el retraso de uno afecta al resto de compañeros. Cierto es que muchas empresas abogan por mantener un horario flexible de entrada, a cambio de la misma flexibilidad para la salida. Si en lugar de entrar a las nueve lo hace a las nueve y media, esa misma media hora se añadirá a su horario de salida en un acuerdo tácito y caballeroso. No obstante, si su presencia es necesaria a las nueve, esa media hora no debe tomarse como un privilegio.

Pero la importancia de la puntualidad en el trabajo no radica solamente en el respeto hacia el resto de compañeros de trabajo o el uso indebido de la flexibilidad horaria como modificador constante de la hora de entrada. Ser puntual es sinónimo de profesionalidad. Como dicen en Cuba, “si tú me dices a las diez, yo estoy ahí a las diez”. Es decir, eres capaz de llegar a tu hora, eres capaz de realizar el trabajo con confianza. Porque, al fin y al cabo, todo es cuestión de seguridad. No sé si habéis escuchado alguna vez la famosa anécdota de Kant, pero el filósofo daba un paseo matinal a diario con tanta puntualidad que sus vecinos ponían sus relojes en hora cuando lo veían.

En España existe el hábito de echar horas hasta que el jefe se vaya a casa, no porque se esté trabajando más, sino para dar esa impresión. Sin embargo, si el jefe ve que todos los días cumples con tu acuerdo horario, verá a una persona organizada y eficiente, lo que siempre es un sinónimo de garantía. Excusas como las de que hay mucho tráfico o que el tren ha llegado tarde simplemente significan que, sabiendo esa circunstancia, no se te ocurre remediarla saliendo de casa antes. Es decir, que tu planificación para solventar un problema es nula.

Ser puntual requiere, como acabamos de ver, capacidad organizativa. Pero también disciplina. La constancia de un hábito positivo demuestra mantener un orden claro y un control en tu vida. Y eso transmite seguridad a quien lo ve. Tenemos un ejemplo de ello en el deporte. Cualquiera puede ganar una carrera, anotar una canasta o meter un gol. Pero si uno gana todas las finales, promedia la misma anotación por partido o en todos los partidos introduce la pelota en la portería rival, no tendríamos ninguna duda sobre quién apostar, ¿verdad? Tu jefe apostará por ti llegado el momento de buscar a alguien capaz de ocupar un puesto de responsabilidad.