ingles comercio internacional

Vivimos en una época de economías abiertas, en la que tanto usuarios finales, intermedios o distribuidores ya no es necesario que se encuentren dentro de las fronteras patrias. Así mismo, la libre circulación de fronteras ha permitido la globalización económica dentro de las empresas, bien a través de filiales o de accionistas internacionales. Si echamos un vistazo al mapa comercial en la actualidad, veremos que los mercados se engloban por zonas geográficas y no por países individuales, salvo aquellos cuyas economías son tan potentes que aglutinan al resto. Pensemos en el oriente asiático o la Europa del Este y en los Estados Unidos como ejemplos. Y, ahora, la nuestra.

¿Qué tienen en común? Los negocios. Cada uno de ellos con su propia idiosincrasia, pero todos compitiendo por el mismo objetivo de hacer dinero. Sin embargo, no son factores históricos, políticos o culturales los que los hacen diferentes, sino el idioma. Este hecho ha obligado a buscar un lenguaje común, a modo de esperanto económico, que facilite las transacciones económicas, simplificando los problemas derivados de una lengua o escritura que, en la mayoría de los casos, adolece de una raíz común.

La solución a dicho problema, en realidad, no provino de una reunión internacional donde debatir el tema y proponer alternativas sino del pragmatismo tan característico del comercio. Los ingleses habían establecido una red de comercio internacional a lo largo de los siglos que funcionaba con su idioma en Europa, Asia, África, Oceanía y América. Lo más rápido y sencillo era determinar su lengua como el vehículo léxico transaccional, sobre todo si tenemos en cuenta que los Estados Unidos habían heredado su poder comercial y empleaban el mismo lenguaje.

La supremacía lingüística del inglés

La conquista, pues, fue finalmente lingüística, obligando al resto a adaptarse a esta nueva manera de hablar de negocios. Huelga decir que algunos países partían con una importante ventaja de salida con respecto a otros, pero poco a poco su implementación se fue asentando alrededor del globo terráqueo. A menos, claro, que se mantuvieran al margen o que no le concedieran el valor que realmente tenía. Como sucedió con España.

Este relativismo comunicacional nos ha dejado con una importante carencia respecto a otros países con los que compartimos continente, revalorizando a aquellos que han dedicado su tiempo a aprender y manejarse correctamente en inglés pero sin una herramienta estandarizada con la que evaluar el verdadero nivel del idioma.

Los test de nivel fueron creados para homogeneizar dichos conocimientos, con independencia de su país de procedencia. Mediante una breve prueba donde poder analizar capacidades orales, niveles de fluidez, dominio de vocabulario técnico o habilidades auditivas, ofrecen un resultado real y preciso de en qué condiciones se encuentra la persona de cara a relacionarse comercialmente con el resto del mundo. De esta manera, las empresas disponen de datos estandarizados y unificados con el resto del mundo para evaluar sus posibilidades de expansión o desarrollo. Es decir, cómo estamos comparados con el resto y tomar medidas que permitan paliar esa diferencia –que es simplemente lingüística y no laboral – que los deja rezagados sin saber la causa real.