07 de octubre de 2016

Supongamos que nuestro coche tiene un problema y lo llevamos a un taller. El mecánico, tras una exhaustiva revisión, se acerca hasta nosotros. En sus manos lleva un trapo que en algún tiempo lejano tenía color y, mientras se limpia las manchas de grasa y aceite – esperemos – nos dice: el coche tiene no funciona. Bien; al menos nuestra opinión coincide con la de un profesional en la materia. Pero, ¿podríamos considerarlo un profesional con su respuesta? O, visto de otro modo, ¿somos nosotros entonces eminencias en el mundo de la compleja mecánica, puesto que hemos llegado a la misma conclusión que el mecánico?
Obviamente, la respuesta a ambas preguntas es no. Sabemos que el coche no funciona y la razón por la que consultamos a un profesional es para que nos diga qué parte del coche es la culpable de que tengamos que ir andando o en autobús al trabajo. El mismo ejemplo lo podemos comprobar si nos aqueja un fuerte dolor de cabeza y el médico que nos atiende corrobora nuestro diagnóstico. Nos quedaríamos más tranquilos – en parte – si nos soluciona la duda entre migraña y tumor cerebral.
Bien es cierto que toda esa jerigonza técnica a veces nos resulta algo compleja de entender. Si nos dicen que tenemos un problema de onicofagia en el hospital o el mecánico nos confirma que el chispómetro del coche no reacciona con el filamento, es muy probable que pensemos que nos sucede algo grave, cuando en realidad uno se refiere a la costumbre de comerse las uñas y el otro a que una bujía se ha fundido.
Pero ese tipo de lenguaje es el que se emplea dentro de esos mundos laborales. Por tanto, no es de obligatorio conocimiento para nuestra vida normal. Sin embargo, dentro de nuestra vida debemos estar al tanto de la terminología característica de nuestro trabajo, dado que es el que tenemos que emplear con los demás. Especialmente si trabajas dentro de una empresa.
Mientras que los mecánicos cuentan con el grueso de su clientela dentro del ámbito local y la palabrería médica es de origen latino o griego – por lo que en todas partes se dice más o menos igual -, dentro del mundo empresarial se emplea un tipo de léxico específico. Solo que este lleva un plus añadido, porque se emplea en dos idiomas a la vez.
Tras la caída del comunismo y la desaparición de las fronteras europeas, el mundo de los negocios ha ido globalizándose de tal manera que pronto surgió la necesidad de homogeneizar el idioma de cara a facilitar y agilizar las transacciones económicas. El inglés fue el idioma escogido para ello. No en vano las bases del capitalismo y la victoria en la Segunda Gran Guerra tienen en común la misma lengua.
Esto ha hecho necesario su correcto uso en la economía nacional. A diferencia de los políticos españoles, nadie cuenta con un intérprete y un rosario de pinganillos en las reuniones o conferencias laborables. Y mucho menos en las videoconferencias o llamadas telefónicas que diariamente suceden dentro de las empresas.
España se ha mantenido al margen de esta realidad demasiado tiempo. La lenta reacción ante esta realidad nos ha dejado relegados a un segundo o tercer plano dentro de Europa y el resto del mundo. Tal vez este suceso no fuera tan importante en épocas de bonanza económica. Pero, ahora, con el largo y pegajoso aliento de la crisis sobre nuestras nucas, la realidad es que hemos perdido mucho valor competitivo frente a la economía de otros países – con mayor o menor desarrollo industrial que el nuestro – por culpa del idioma.
Independientemente de que tengamos oportunidad de expandirnos o de solicitar capital extranjero, los lazos que actualmente nos atan a nivel internacional nos estrangulan más que unen por culpa del idioma estándar que allí se habla. No es raro que alguna compañía exija a sus empleados una continua comunicación tanto interna como externa en inglés. Menos extraño es aún que recibamos propuestas o veamos interés colaborativo de otras empresas y no entendamos adecuadamente sus mensajes.
Es hora, pues, de impulsar la formación de nuestros empleados para actualizarlos al entorno laboral en el que viven. Pues de ellos depende que fructifiquen o prosperen las propuestas que ofrecemos.
Si queremos subirnos al tren europeo en lugar de esperar un cercanías regional en la estación, las empresas deben implementar una serie de cursos de inglés de negocios para sus empleados cuanto antes. No es un idioma particularmente complicado – se habla en todo el mundo, de hecho -, pero sí que requiere su tiempo para absorberlo y manejarlo con soltura y solvencia profesional. Principalmente porque no tenemos costumbre de hablar otro idioma aparte del nuestro. También porque los pocos que lo hablan, no hablan un inglés técnico sino general. En realidad eso nos hace sonar como los ejemplos del mecánico y del médico que contaba al principio de este texto. ¿Quieres que tomen en serio a tu empresa y demostrar su profesionalidad? Actualiza los conocimientos de tus empleados cuanto antes con cursos de inglés para empresas, avalados por sus años de experiencia, su eficacia y su adaptabilidad a las necesidades primordiales de los negocios. Lo demás es hablar por hablar.
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