La motivación fundamental que caracteriza a los seres vivos es la de no perecer. Encontrar comida, protegernos de los peligros externos y formar una familia para que los genes sigan existiendo en otros cuerpos. Las plantas extienden sus raíces en el subsuelo en busca de agua y extienden sus hojas para captar la mayor luz posible que les permita realizar la fotosíntesis; destilan sabores amargos o venenosos para espantar a los herbívoros o se cubren de afiladas espinas para alejar a todo bicho viviente –perdón por el chiste fácil- que se acerque a su lado y llenan el cielo de esporas o transmiten sus semillas a través de jugosas y coloridas frutas y flores para multiplicarse y crecer por todo el mundo. El reino animal hace tres cuartos de lo mismo, pero sin anclarse a la tierra. La supervivencia es el leitmotiv que repetimos día tras día sobre las rocas arrejuntadas de nuestro planeta.

Sin embargo, el ser humano también se caracteriza por haber desarrollado motivaciones más complejas que, en definitiva, les permitan alcanzar el mismo objetivo. Un buen trabajo significa mejor sueldo con el que obtener sustento y mantener una familia. Y el encontrar motivaciones en la vida lo transmitimos desde que los niños son pequeños a través de los premios o refuerzos positivos que se dan para motivar y alentar la consecución de objetivos en el futuro. Pensemos en una carrera. La victoria no sería tal si tras cruzar la línea de meta los rivales no reconocieran la superioridad del ganador al felicitarlo ni la organización reconociera su mérito con una medalla o el público rompiera en aplausos y ungiera su cuerpo de fama. Pues si acabar primero tuviera la misma importancia que ser último, ¿quién en su sano juicio iba a realizar un esfuerzo para mejorar su marca?

La motivación, clave en el aprendizaje

Precisamente es la motivación la que otorga la energía extra con la que realizar un esfuerzo importante. Pensemos en los idiomas en el trabajo. La empresa necesita a empleados capacitados para comunicarse a nivel internacional para mejorar su competitividad y poder expandirse para ocupar más mercado. Eso se traduce en mayor número de clientes que, a cambio, mejorarán las cifras de las arcas financieras a final de año contable. Para motivar a que los empleados mejoren la compañía, ponen a su disposición cursos de formación gratuitos para sus trabajadores y mejoran sustancialmente sus emolumentos, energía económica con la que garantizar la supervivencia en todos los sentidos.

Los empleados, por su parte, pueden realizar los cursos por su cuenta, sabedores que el esfuerzo económico y de tiempo que les supone estará recompensado más adelante en el trabajo. Un desempleado puede aspirar a más puestos, alguien descontento en su empresa podrá encontrar otra que reconozca mejor su valor y un empleado aspirará a un ascenso con el que, de nuevo, obtener mejor sueldo y poder. Pero si es la propia empresa quien les da la posibilidad de no sacrificar el contenido de sus bolsillos, deben aprovechar esta oportunidad para cambiar horas de descanso por un vital conocimiento que les permitirá vivir más tranquilos en el futuro.

Sin embargo, el problema de la motivación para aprender un idioma es que se trata de una actividad a largo plazo. No nos engañemos; se tarda su tiempo en alcanzar un nivel adecuado. Incluso si ya tienen conocimientos previos, cuesta mucho corregir los errores heredados o incorporar determinado vocabulario o forma gramatical dentro de un cerebro que daba por cerrado ese campo. Además, la sociedad neocontemporánea se caracteriza por su inmediatez en la comunicación y resultados, dejando en un poco atractivo lugar a la paciencia. El arranque es fulgurante, pero las fuerzas se pierden pasado un par de meses. Es muy difícil mantener la motivación de manera constante. Por esa razón, es conveniente ponerse una serie de objetivos a corto y medio plazo en lugar de tener la meta final a la vista. Éstos actúan como refuerzos positivos que recargan la ilusión perdida como una bebida isotónica al finalizar los entrenamientos.

Por otro lado, los jefes tienen una importante posición de cara a mantener la motivación de sus empleados. Mostrar interés por sus progresos, alabar su esfuerzo, dar reconocimiento a su trabajo o simplemente incentivarlos con algún premio –si no fallan en su asistencia podrán salir antes o llegar más tarde al trabajo un día concreto al mes o el último viernes del mes están invitados al desayuno en la clase- son técnicas de felicitación meritorias que recargan la energía motivacional de los empleados. Porque, en caso contrario, aprender mucho o nada tendrá la misma importancia y dejarán las clases a cambio de otras motivaciones más asequibles a nivel temporal. Porque, ¿quién en su sano juicio iba a realizar un esfuerzo para mejorar su marca?