Sabíamos la fecha del examen en el colegio. Teníamos tiempo para prepararlo bien. Pero hasta el día antes no nos motivábamos para estudiar. Y, claro, luego pasaba lo que pasaba. Y crees que has aprendido la lección. Luego tenemos un viaje. Faltan semanas para la salida. Faltan días para la salida. Faltan horas… y la maleta sin hacer. Una vez llegados a nuestro destino, comprobamos que hemos traído más pantalones que camisas y que no tenemos más calcetines que los puestos. Decidimos que ya es hora de madurar, ya que nuestro DNI ya lo ha hecho por nosotros. Porque podemos ir a votar. Y, al ser domingo, no tenemos nada mejor que hacer, salvo ver pasar las horas en casa sin acabar de encontrar la energía suficiente para bajar a la calle. Otra vez. Y, esperad, que ya tenemos familia y llegan las Navidades, que empiezan en noviembre, por si acaso. Nada. El mismo día 24 tienen que abrir los centros comerciales hasta las doce de la noche para que podamos hacer las compras, entre hordas de rezagados como nosotros que se dedican al pasatiempo nacional: que nos pille el toro. Pero mejor llamemos a las cosas por su nombre, que para eso los romanos – que para eso eran muy sabios – lo bautizaron como procrastinar.

Ignoro si fueron los romanos los que primero acuñaron en término, pero cras es mañana en latín y el resto es fácil de interpretar: dejar las cosas que hay que hacer para el día siguiente. Y, al día siguiente, lo mismo. Si fuera dejar siempre las cosas para el lunes, se diría prolunetinar, que es mucho más difícil de pronunciar.

¿Qué hace que todos nosotros, en algún momento de nuestras vidas, hayamos decidido modificar nuestra agenda, confiando en encontrar una mayor fortaleza de espíritu al día siguiente, para no realizar una tarea determinada?

Una de las principales cualidades del ser humano es su capacidad para anticipar las cosas que van a suceder. El concepto del futuro, huidizo y azaroso para todos, ha sido capaz de ser entendido como una proyección del presente en el lenguaje. De decir mañana te llamaré a mañana te llamo solamente cambia el tiempo del verbo para extender su realización presente en el futuro. Es decir, que aporta más seguridad. Aunque luego nos olvidemos.

Esta útil capacidad de ver las cosas antes de que ocurran – el miércoles llueve – tiene también su parte negativa. Si pensamos en el esfuerzo que nos va a provocar una acción, nuestro cerebro manda la señal de agotamiento prematuro al cuerpo para driblar dicha responsabilidad. Como aquel que dice que mañana empieza a correr en el parque. Nada más pensarlo, el cuerpo se pone automáticamente en modo defensivo y nos convence de que es mejor quedarse en casa, que hay muchas cosas pendientes de hacer… Curioso. La misma procrastinación encuentra solución en otra actividad previamente procrastinada.

 

La causa de esta actitud no se debe a que seamos débiles mentalmente, sino que nos cuesta mucho despegarnos de nuestras rutinas. A pesar de que a nadie le guste madrugar, el cuerpo se acostumbra a unos horarios y se pone en funcionamiento a la misma hora, para desgracia de los que quieren descansar más horas los fines de semana. Si pensamos en el trabajo, todas aquellas tareas extras o puntuales que nos lleguen son las que, por regla general, van cambiando de fecha diariamente antes de que nos obliguen a realizarlas. Tenemos nuestros ciclos y no los vamos a modificar.

O sí, siempre y cuando encontremos algo más entretenido que lo que tengamos la obligación de hacer. El espíritu hedonista del ser humano hace que viva perpetuamente rodeado de tentaciones ociosas que le abstraen de su voluntad laboriosa. Al fin y al cabo, cuerpo y mente necesitan consumir energía para subsistir y, cuanto menos la gastemos, más jóvenes pareceremos.

Mucha gente opina que lo que hay que hacer es tener una férrea voluntad para no dejarnos seducir por la pereza. Lo malo es que la voluntad es voluble. Eso tiende a confundir las motivaciones. En realidad, es una cuestión de visión y de organización. Si se establece una agenda con las tareas que se tienen que hacer, al menos ya identificamos un día concreto con la realización del trabajo. Por ejemplo, establecer un día y una hora en particular para escribir este artículo (el martes, pero ya es domingo, así que mea culpa). Aunque a veces pueda no funcionar, véase mi caso, el resto de ocasiones sí que lo hace con efectividad. Una vez establecemos un orden dentro del futuro, podemos mentalizarnos de cómo va a ser nuestra semana.

Y aquí llega la segunda parte, que es probablemente mucho más importante. No basta con decir que vamos a hacer una cosa. Tenemos que vernos haciéndola en nuestra cabeza, para que luego no le coja por sorpresa al cerebro y nos engañe con sus trucos neuronales. Visualizar algo por adelantado nos permite hacernos una idea del esfuerzo que tenemos que hacer, recordar una situación semejante en el pasado y volver a sentir esa cálida sensación de satisfacción que nos supuso cumplimentarlo.

Finalmente, si nada de esto te funciona, recurre a un pariente o amigo para que te recuerde tus obligaciones pendientes. Poner excusas a otras personas no nos resulta tan sencillo como cuando nos las damos a nosotros, pero al menos nos damos cuenta de que también nosotros nos justificamos para dispensarnos de nuestras obligaciones. Entonces ya nos resultará más difícil mentirnos y coger al toro por los cuernos, para cerrar con una metáfora parecida pero contraria a la que aparece al principio de este texto.