He invitado a cenar a unos amigos a mi casa. Les he dicho que no se preocupen por nada y que me encargo de todo. Por la mañana he ido a realizar la compra al mercado, proveyéndome de todo lo necesario en bebida y alimento. Después, he preparado los entrantes, que apenas me han llevado tiempo, antes de organizar el postre, que ha sido un poco más costoso en su elaboración. Tras fregar los cacharros, me he dedicado a adecentar la casa, limpiando, colocando y moviendo muebles para que mis invitados se puedan sentar cómodos. He reconvertido las sobras de ayer en fastuoso bocadillo, echado una breve cabezada con la digestión y empezado a preparar la cena, pelando, cortando y cocinando los platos. Ante la falta de espacio y de fogones disponibles, me he dado cuenta que tenía que improvisar ciertos movimientos y que limpiar nuevos cacharros para poder cumplimentar el objetivo de los dos platos. Eso ha supuesto un contratiempo, ya que contaba con ese tiempo para la ducha y poner la mesa. No pasa nada; mientras unas cosas se cuecen a fuego lento, me desnudo y me baño. Con todo preparado, me visto y coloco platos, vasos y cubiertos. Saco los entrantes, descorcho el vino y, ¡ding, dong!, ya están aquí los invitados. Sonrío: he sido capaz de hacer todo esto yo solo.

Contento, sí, pero para ello he tenido que dejar de lado otras actividades propias del día. No he podido leer las noticias, dar un paseo, arreglar esa luz que parpadea en el techo, comprar ciertas cosas que necesitaba para casa o responder a unos correos que tenía pendiente. Tal vez si alguien me hubiera ayudado con la elaboración de la cena, hubiera tenido tiempo para esos otros quehaceres diarios…

Si pensamos en el trabajo, tendemos a organizar cenas que afectan al desarrollo normal de nuestras tareas específicas. Querer abarcar mucho no siempre deriva en lograr la misma cantidad de objetivos, aunque nos empeñemos en creer lo contrario. La cena de la que os estaba hablando antes habría salido mejor si cocinar se incluyera entre mis dones. La carne no estaba del todo hecha, la sal se excedió en la generosidad de su sabor al igual que el azúcar en el postre y al abrir el corcho de la botella, la mitad se quedó flotando en su interior.

De la misma manera, los empleados de la empresa están en la oficina por su capacidad para acometer determinadas tareas para las que están capacitados. Pero no para otras. La cena, al fin y al cabo, no es más que una reunión social y amistosa cuya mala elaboración acaba disimulada con el alcohol y las risas. En el trabajo, por desgracia, los fallos no se compensan de la misma manera. Por esa razón, resulta más prudente externalizar aquellas tareas que no correspondan a la empresa para que los resultados no dejen un salado regusto en el paladar o justificaciones almibaradas en exceso a la hora de exigir responsabilidades después.

Externalizar la evaluación de idiomas

La evaluación de los idiomas se ha convertido en una necesidad básica en la empresa moderna debido a la globalización de la economía, en la que trabajadores de todas partes del mundo se comunican entre ellos en un mismo idioma. Antaño no dejaba de ser una habilidad interesante para la empresa. Hogaño tiene la misma importancia que el manejo de la tecnología informática o una titulación determinada para un puesto. La especialización de la plantilla no incluye la capacidad de evaluación profesional de un idioma, por lo que la manera de obtenerla la encontramos en empresas dedicadas a esa actividad, cuyos integrantes están formados en la materia y dominan los procedimientos adecuados para establecer un informe homologado con el verdadero nivel de los empleados.

La externalización de la evaluación de los idiomas supone obtener la garantía de unos informes que indican sin lugar a la duda la actual posición dentro del Marco Europeo del conocimiento de un idioma, permitiendo ubicar al empleado en la posición que mejor se adapte a sus habilidades y evitando, por otro lado, cometer errores que perjudiquen al funcionamiento de la empresa en el futuro. Además, muestran la situación real en la que la empresa se encuentra con respecto al resto del mundo, lo que permite afrontar objetivos de mayor calibre o corregir una debilidad que permanecía oculta por desconocimiento hasta la fecha. Y es que si alguien no nos dice que la carne está poco hecha, seguiremos cocinándola de la misma manera hasta que nuestros invitados dejen de aceptar las invitaciones a nuestras cenas.