Tenzin Gyatso era un joven que solamente encontraba la motivación en momentos de urgencia o cuando le fecha límite estaba peligrosamente cerca. Pero aprendió la lección y ahora predica bajo el nombre de Dalai Lama los riesgos de la procrastinación.

La historia nos ha dejado nombres de grandes procrastinadores: Víctor Hugo – que le entregaba su ropa a un sirviente con la orden de no devolvérsela hasta una hora fijada -, Herman Melville – su mujer le encadenó a su mesa de trabajo para que concluyera la escritura de Moby Dick -, San Agustín – impresionante hedonista hasta que la religión le apartó del vicio- o el mismísimo Leonardo da Vinci – que, como buen renacentista, se distraía haciendo miles de cosas.

Desde hace unos años atrás, se ha puesto de moda el emplear esta palabra para definir un acto característico de la especie humana, como es el de dejar las cosas para el día siguiente en un bucle sin fin. ¿Es, por tanto, el ser humano un vago innato?

No exactamente. Antes de que intentemos acometer un proyecto, nuestro cerebro analiza una serie de datos ambientales. Si nota que falta algo, lo normal es que se bloquee y postergue su implementación. En otras palabras, es falta de seguridad en la resolución de una necesidad. Pensemos en la gente a la que le cuesta hablar inglés. El cerebro entiende que no tiene la soltura suficiente para comunicarse en ese idioma y nos deja en silencio. En este caso, la procrastinación resulta positiva, puesto que nos hace ser conscientes de una carencia que podemos remediar.

Como hemos podido comprobar, del nivel de confianza que tengamos dependerá, en buena parte, una buena disposición de trabajo. Solo que la confianza no es algo estable dentro de nuestro organismo, sino un elemento demasiado variable por agentes externos e internos. Y su catalizador principal es la motivación. Supongamos que nos hemos dado cuenta de la necesidad de hablar correctamente en inglés y tenemos la motivación adecuada para hacerlo, como puede ser una subida de sueldo o mejora del puesto de trabajo. Sin embargo, nuestra jornada laboral es larga y agotadora. Al salir del trabajo vamos a una academia. Pero nuestro cerebro nota una carencia de energía. La supervivencia del cuerpo prima por encima del resto, así que la motivación cambia. Y nos dirige a casa, para que descansemos. O puede que tengamos que hacer la compra. La falta de alimentos resulta mucho más motivadora que aprender un idioma, porque puedes empezar cualquier día.

Por esa razón, si desplazamos las prioridades de nuestra cabeza, necesitamos que el mismo órgano que nos dice una cosa diga la otra. Es decir, que requiere un esfuerzo.

Razones por las que se procrastina

Muchas veces ese esfuerzo interno es reemplazado por una motivación externa. Como el caso de los que dejan las cosas para última hora o la fecha límite para presentar un artículo. En este caso, la obligación es una imposición extrínseca cuyas repercusiones negativas modifican de golpe nuestra capacidad de actuar. Las empresas de publicidad son expertas en tener picos de actividad nocturnos prolongados para poder atender los últimos cambios del cliente, por ejemplo.

Sin embargo, este tipo de procrastinación genera una seguridad nociva si los resultados son propicios, pues crea una falsa confianza de que seremos capaces de repetir éxito la próxima vez. En el caso de quien necesita aprender un idioma, le hace confiar que con un curso intensivo de una semana o un método de cien palabras va a proporcionarle la misma nota alta que obtuvo en un examen en la universidad.

De aquí extraemos la conclusión de que preferimos lo sencillo a nivel temporal que algo que se alargue en exceso. Parte de ese pensamiento ha sido el causante de cambios importantes en la historia, como la Revolución Industrial o el actual campo de las tecnologías. Simplificar el trabajo para aumentar la producción nos hace extrapolar la misma idea para otro tipo de actividades. Eso explica el alto índice de abandonos en cursos de idiomas, en las dietas o en los gimnasios.

No obstante, hay un factor más que explica las causas de la procrastinación: la no consecución de objetivos. Determinados trabajos, como un hospital, se encuentran con un perpetuo ciclo de pacientes y enfermedades. La motivación y la confianza aparecen cuando se logran ciertos objetivos – una presentación, un informe, una actualización de base de datos – que tienen un final específico. En el momento en el que el ciclo se repite, sentimos que estamos andando en círculos. El estudiante de inglés se da cuenta que no va a aprender todas las palabras de un idioma y se da por vencido. El policía sabe que siempre existirá el delito. Un administrativo repetirá la misma tarea todos los días. La consecuencia habitual es el famoso efecto de sentirse quemado en el trabajo, al no tener especificado un objetivo concreto a modo de línea de meta en una carrera. En nuestra vida personal podemos observarlo con las tareas del hogar: procrastinamos la limpieza de nuestra casa – tarea repetitiva – hasta el fin de semana, pero se nos cae un líquido al suelo -objetivo con fin claro – y lo fregamos al momento.

Por tanto, no es que los seres humanos seamos vagos, sino que necesitamos poner un fin a las cosas y también cambiar nuestra rutina para refrescar las neuronas. Al igual que Leonardo, nos distraemos con cualquier cosa a menos que nos surja una necesidad imperiosa – en su caso, cobrar – que nos haga centrarnos en un objetivo concreto.

Tenemos muchas cosas en la cabeza, como popularmente se dice, que requieren esfuerzos, confianza y motivación para su cumplimiento. Procrastinar nos permite solventar otro tipo de actividades y darnos cuenta de nuestros defectos. Pero también es consecuencia de procesos cíclicos sin destino o de recompensas por estrangulación de los dedos del tiempo. Si entendemos que nuestra vaguería no es más que una ausencia de motivaciones y confianza, podremos prevenirla marcándonos unas fechas para cumplir ciertos objetivos. O, dicho de otra manera, ponerle una agenda a nuestro cerebro y luego recompensarlo con unas vacaciones, para no quemarlo.