El salario que percibe un trabajador por desempeñar una serie de tareas en un puesto determinado dentro de una empresa está constituido por el llamado salario base, que puede ir acompañado por una serie de complementos salariales. El salario base viene determinado por una cantidad fija que se abona al trabajador según un tiempo estipulado, que puede ser desde un día hasta un mes. Estas cantidades fijas las establece el convenio colectivo aplicable o en propio contrato individual del trabajador. En caso de no ser posible, se considerará la cifra del salario mínimo interprofesional como salario base del mismo.

A partir de aquí, el trabajador puede mejorar sus condiciones salariales mediante complementos salariales que pueden establecerse mediante las llamadas “circunstancias personales” o por “el trabajo realizado y resultados de la empresa”. Por ejemplo, la antigüedad es un tipo de complemento personal que los empleados reciben en su salario al cabo de determinado tiempo, premiando su trabajo y su fidelidad. De la misma manera, determinados conocimientos especiales son igualmente recompensados en caso de resultar fundamentales para la empresa. Me gusta poner el ejemplo de un jardinero al que subieron su sueldo por conocer un sistema por el que las plantas de una empresa sobrevivieron y florecieron gracias a su dominio de una técnica de control de plagas y enfermedades que afectaba y afeaba el jardín todos los años, porque son esos pequeños detalles los que hacen del trabajo un lugar más bello.

Pero el objetivo de este artículo es hablar de una necesidad realidad en las empresas españolas: el idioma, pues existe una gran relación entre los idiomas y el salario. Actualmente, los idiomas son indispensables de cara a la formación y desarrollo personal pero también la llave que permite a las empresas competir en igualdad de condiciones con sus homónimas en el resto del mundo. Sí, el mundo, el planeta, la esfera rocosa que gira alrededor del sol y en la que vivimos. Nada más y nada menos. A pesar de que el idioma español esté extendido por varios países y continentes, la realidad es que hay otro que, además de hablarse en varios lugares, es empleado por el resto a la hora de comunicarse para hacer negocios: el inglés. Esto significa que, por muy buenos y efectivos que podamos ser o que la calidad de nuestros productos sea mejor que los de la competencia, necesitan una voz que avise de su existencia y que permita hacerse entender con los clientes. Sin esa capacidad de palabra, tendrán el mismo valor que un manual escrito en coreano.

Conocer un idioma

Los trabajadores españoles pueden decir con tranquilidad que saben inglés, pero la realidad es que sus conocimientos están muy por debajo de la media europea, lo cual dificulta sobremanera su capacidad expresiva y comunicativa, dando una sensación de chapuceros. No es justo que el desconocimiento profesional de un idioma sea una barrera en un mundo libre de ellas, pero la realidad es la que es y no se gana con justificaciones sino tomando medidas al respecto. Es por este motivo lo que hace que las empresas valoren con un complemento salarial a todas esas personas capaces de elevar un peldaño las opciones de éxito del negocio y por lo que los empleados o aquellos que estén buscando trabajo centren sus esfuerzos en mejorar y potenciar esta aptitud que, como se puede comprobar, se paga.

El hecho de que una persona conozca un idioma cuanto menos ofrece a la empresa la posibilidad de disponer de un enlace sólido y efectivo con el mercado internacional, bien sea desde un puesto directivo que le permita acudir a reuniones y presentaciones con seguridad o desde un servicio de atención al cliente que no excluya a quienes desconozcan nuestro idioma. La responsabilidad que acompaña a este conocimiento no pasa desapercibida para los empresarios, que acceden gustosos a elevar la cifra de los emolumentos entregados con tal de disponer de personas capaces, al igual que el jardinero, de evitar que el negocio se marchite por una plaga de ausencia idiomática entre sus filas.